Mostrando entradas con la etiqueta Comunicación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Comunicación. Mostrar todas las entradas

miércoles, 9 de junio de 2010

Conyugalia: El libro del matrimonio. Esa misteriosa unión

El libro del matrimonio. Esa misteriosa unión


Autor: José Pedro Manglano
Planeta. Barcelona (2010). 416 págs. 19 €.
Firmado por Juan Meseguer Velasco en Aceprensa

Fecha: 19 Mayo 2010

Durante los últimos años, han proliferado los libros con consejos prácticos para vivir un matrimonio con éxito, que sirven y gustan a mucha gente. Pero los recetarios –por muy probados que estén– también tienen su riesgo: el de encerrar algo tan complejo y personal como es una relación amorosa en una casuística agotadora.

En El libro del matrimonio, el filósofo y teólogo José Pedro Manglano ha optado por un enfoque distinto: “Esa seguridad de lo que se puede y no se puede hacer, de la respuesta aprendida de memoria, ¿no es posible que en muchos casos esculpa vidas resignadas, en lugar de espíritus libres y conscientes, capaces de contagiar y crear una nueva cultura?”.

La pregunta que plantea Manglano es un disparo en la línea de flotación de una de las sospechas más extendidas de nuestra época: ¿son compatibles el matrimonio y la libertad?; ¿es bueno el matrimonio para mí o tan sólo un mal menor por el que pierdo libertad a cambio de otras compensaciones?

Creo que éste es uno de los grandes aciertos del libro. En un momento en el que la cultura actual se está preguntando “¿para qué casarse?”, no basta con ofrecer un puñado de ideas manidas. Es preciso ponerse en la piel del otro y tratar de averiguar por qué el matrimonio sigue pareciendo a tantos (casados o no) una estrecha “cárcel del amor”.

El autor ya se había planteado el dilema entre libertad y matrimonio en dos libros anteriores: Construir el amor y El amor y otras idioteces. Pero en este nuevo libro ha hecho hincapié en una perspectiva novedosa: entender el matrimonio –sobre todo, el matrimonio cristiano– como un misterio capaz de modelar vidas genuinamente libres.

Este enfoque le lleva a indagar cómo eran las cosas en el origen, conectando así con la sugerente teología del cuerpo desarrollada por Juan Pablo II. De hecho, Adán y Eva son uno de los matrimonios protagonistas de la primera parte del libro, junto a Saint-Exúpery y Consuelo, Balduino y Fabiola o Eloísa y Abelardo.

Tras realizar este esfuerzo de comprensión –“saber actuar exige previamente saber pensar”–, entonces sí, Manglano aterriza en el terreno concreto de la vida matrimonial con diagnósticos y terapias sugerentes. Otro acierto del libro es el estudio histórico de las bodas, del que el autor se sirve para discernir los aspectos esenciales del matrimonio de los que no lo son.

martes, 1 de junio de 2010

Conyugalia: La felicidad en el matrimonio (II)

La felicidad en el matrimonio (II).
Escrito por Magdalena Subercaseaux
Jueves, 15 de Abril de 2010 13:24

Entrevista realizada a Tomás Melendo por José Pedro González Alcón y María Mercedes Álvarez Pérez para el programa de radio "Con las zapatillas puestas". El Prof. Melendo Granados es Catedrático de Filosofía (Metafísica), Director Académico de los Estudios Universitarios sobre la Familia, Universidad de Málaga (UMA), España.

¿Muchos quieren vivir juntos antes de casarse para conocerse, para saber si congenian, etc. ¿Esta forma de plantearse el inicio de la vida en común da resultados buenos?

Supongo que en ese vivir juntos está incluido también dormir juntos, tener relaciones sexuales.

Pues bien, las estadísticas manifiestan con claridad que semejante convivencia prácticamente nunca produce efectos beneficiosos. Aporto sólo un par de datos. El primero, que los divorcios son mucho más frecuentes entre quienes han convivido antes de contraer matrimonio. Después, que entre los jóvenes, cuando empiezan a mantener relaciones, la actitudes cambian notablemente, empeoran: se tornan más posesivos, más celosos, más irritables. Por eso quienes poseen un poco de experiencia advierten de inmediato cuando un par de chicos ha iniciado ese trato íntimo.

Pero se puede ir más al fondo: no es serio ni honrado «probar» a las personas, como si se tratara de caballos, de coches o de instrumentos de música; a las personas se las respeta, se las venera, se las ama; por ellas arriesga uno la vida, «se juega a cara o cruz, el porvenir del propio corazón».

Y todavía cabe aportar otro motivo: no se puede (es materialmente imposible, aunque parezca lo contrario) hacer esa prueba, porque la boda cambia muy profundamente a los novios; no sólo desde el punto de vista psicológico, al que ya me he referido, sino en su mismo ser: los modifica hondamente; en cierto modo, los hace otros, distintos; los transforma en esposos; les permite amar de veras: ¡antes no es posible hacerlo!, como ya dije.

Se trata de un tema apasionante, que me encantaría desarrollar, pero no es éste el momento: la clave estaría en entender de veras en qué consiste la libertad como capacidad de autotransformarse y autoconstruirse hasta desplegar le entera riqueza de una persona cabal y plena.

¿Da la impresión que lo del amor sin papeles o sin ataduras cuadra más con la visión masculina del amor, ¿es así? Si es afirmativo ¿resultaría la mujer más perjudicada en una relación libre?

Quizás esa afirmación sea aplicable a lo peor del estereotipo de «macho» que reina en nuestra cultura (y tal vez no sin motivo). Gracias a Dios, muchísimos hombres no son así: personalmente, no me reconozco en absoluto en esa imagen.

Pero no deja de ser cierto que el varón que no quiere amar en serio se encuentra «más a gusto» en una relación sin compromisos. La mujer, a veces, también, o al menos así lo aparenta; pero de hecho, y hasta cierto punto, se halla efectivamente más indefensa ante la posibilidad de una ruptura; además, si ha habido hijos, queda mucho más marcada y con más responsabilidades.

De todos modos, me gustaría insistir en que, con total independencia de lo que más tarde suceda, los perjudicados son los dos, que no pueden amar de veras ni mejorar ni ser felices. Perdonad que insista en este punto, pero es capital para enfocar bien las cosas.

¿Por qué aquellos que no quieren un amor "con papeles" ahora los están pidiendo, e incluso que se regule su situación como pareja de hecho?

Kierkegaard decía que lo que más aterra al ser humano, más que ninguna otra cosa, es la soledad. Y se refería principalmente a ese ser distinto a los demás, a quedarse aislado, por ejemplo, defendiendo una opinión que no es la de todos, la que hoy llamaríamos políticamente correcta. A eso tenemos auténtico pavor.

Pero, mal que bien, y a pesar de toda la publicidad y la legislación en contra, el matrimonio sigue gozando en la actualidad de claro prestigio como situación normal. No extraña, por eso, aunque pueda parecer contradictorio, que una pareja de hecho reclame el amparo del derecho, que quiera igualar su situación con los casados: ser «como los otros», según la también conocida expresión de Kierkegaard, que es uno de los modos más típicos de huir de la ansiedad y el descontento, como bien explica la psiquiatría.

Dentro del matrimonio ¿existen diferencias entre contraer un matrimonio civil o un matrimonio religioso?

Primero insistiría en que cualquier auténtico matrimonio válido es ya algo sagrado. De hecho, en prácticamente todas las culturas se ha acentuado esa dimensión sacra. Y es que es muy serio que dos personas decidan amarse de por vida y pongan en juego su capacidad de traer al mundo adecuadamente,como consecuencia directa y natural de su amor, nuevas personas humanas.

Pero eso, conviene aclararlo, es pertinente para todo matrimonio válido, real. Y, para los católicos, que es el caso más frecuente en España hoy por hoy, un matrimonio sólo civil sencillamente no es matrimonio. Es cuestión de coherencia con los propios principios. No es lógico llamarse católico y no actuar como tal. Ni la fe ni la gracia son «complementos» de quita y pon.

Además, el matrimonio-sacramento lleva consigo unas gracias especiales que facilitan grandemente el amor mutuo y ayudan a superar los momentos malos que existen incluso en las parejas mejor avenidas.

Ante el matrimonio, ¿cómo yo me puedo comprometer a algo para toda la vida, si no sé qué cosas pueden pasarme, o si elijo bien a la pareja?

Antes que nada, diría que para eso esta el noviazgo, una «institución», por llamarla de algún modo, muy desprestigiada en nuestros días. Es un período imprescindible, que ofrece la oportunidad de conocer al otro y darme a conocer a él, seriamente, de modo que sí puedo empezar a vislumbrar cómo será la vida en común.

Añadiría que ningún ser humano, en ningún ámbito de su vida, puede saber lo que le deparará el futuro. Eso sería jugar al «superhombre», a ser «como dioses». Toda decisión respecto al porvenir implica un cierto riesgo, que incrementa su carácter de aventura y que uno afronta con ese espíritu deportivo, audaz y un tanto arriesgado, si es que tiene un mínimo de agallas. El ejemplo más claro son tal vez los buenos empresarios.

Después, y esto no es en absoluto una salida de tono, si soy como debo ya sé bastante de lo que va a pasar cuando me case: sé, en concreto, que voy a poner toda la carne en el asador para amar a la otra persona y procurar hacerla muy feliz. Y si ese propósito es serio y conozco mínimamente al otro, será compartido por él o ella: el amor llama al amor. Podemos, por tanto, tener la certeza de que vamos a intentarlo por todos los medios. Y entonces no es nada fácil que el matrimonio fracase.

La clave está siempre en uno mismo, en la disposición firme de amar sin componendas. Si es sincera, suele contagiar al otro.

Ante estos interrogantes, ¿cuánto hay que pensárselo?

No creo que la pregunta clave sea el «cuánto». Eso depende de muchas circunstancias. No es lo mismo un noviazgo a los 16 años que a los 25 o a los 32: hay más madurez en los últimos casos y más capacidad para conocer con mayor celeridad al otro.

Pero, lo importante son más bien los rasgos que tengo que tener en cuenta. Por ejemplo, si «me veo» viviendo durante el resto de mis días con esa persona; también, y antes, cómo actúa en su trabajo, en las relaciones con su familia, con los amigos; si sabe controlar sus impulsos sexuales (pues nadie me asegura que sea capaz de hacerlo, si no, cuando estemos casados y se encapriche con otro u otra); si me gustaría que mis hijos se parecieran a él o a ella, porque de hecho se van a parecer, lo quiera o no; si lo «veo» como el padre o madre adecuado para mis hijos; si sabe estar más pendiente de mi bien (y del suyo) que de sus caprichos.

En definitiva, atender más a lo que es; después, a lo que efectivamente hace, a cómo se comporta (no solo con uno, sino sobre todo, según acabo de apuntar, en las restantes esferas de su actividad: en la familia, en el trabajo, en su vida social, con los amigos, en el trato con Dios); y en tercer lugar, a lo que dice o promete, que sólo tendrá valor cuando concuerde con lo que es y con su conducta.

Fuente: Almudi.org

domingo, 23 de mayo de 2010

Conyugalia: Ante separaciones precoces: Cómo no perder el Norte

Ante separaciones precoces: Cómo no perder el Norte

Escrito por Luz Edwards
Martes, 10 de Noviembre de 2009

Ser felices en el matrimonio no es un derecho ni algo que ocurre por arte de magia. Aquí algunas ideas que hay que tener en claro para que se vuelva realidad el “Y fueron felices para siempre”.

“El matrimonio es un encuentro de dos almas, un abrazo de dos historias, de dos presentes” No puede haber algo más lindo y grande que eso”, dice Mercedes Larraín, consejera matrimonial de la fundación Familia Unida. Sin embargo, hoy no se habla de ese lado del matrimonio, sino de lo negativo: la pérdida de libertad, la carga económica que son los hijos, lo difícil de conciliar el trabajo con la familia, etc. “Los recién casados deben estar conscientes de estos mensajes y hacerles frente. Deben luchar por descubrir lo luminoso del matrimonio, la riqueza infinita que significa unirse a otro para compartir la vida”, dice Mercedes.

Esta búsqueda de lo bello del matrimonio no puede acabarse una vez casados. Hombre y mujer deben ser conscientes de que el matrimonio no es la meta final del pololeo, sino un paso más en el proceso de crecimiento en conjunto, conocimiento y aceptación del otro.

Cortar el cordón umbilical

El matrimonio en cada época ha tenido “enemigos”. Hoy en día, también, y conocerlos es el primer paso para vencer. Uno, es la inmadurez con que se presentan muchos esposos al altar. Son personas que llegaron a la edad adulta sin haber conquistado el principal desafío de la adolescencia, que es independizarse afectiva y económicamente de los padres. Entonces, llegado el fin de semana, él o ella quiere estar todo el día en la casa de los papás o no puede tomar decisiones con las cuales sus padres no estén de acuerdo.

Al respecto, la consejera de Familia Unida da algunos consejos: recordar que en el matrimonio sólo bastan dos miradas, la del marido y de la mujer; hablar con esos padres y decirles de manera cariñosa, pero directa, que les permitan ser una pareja independiente; y no ser cómodos: muchas veces este seguir pegados a los papás se debe a un miedo a estar solos como matrimonio.
Que lo mío no atente contra lo nuestro

Otro “enemigo” es la visión equivocada de conceptos como la vida propia y el desarrollarse como persona. Es importante que cada uno tenga un proyecto personal, actividades independientes del otro que lo motiven. Pero esto jamás puede ir en contra del proyecto común o de la felicidad del otro cónyuge.

Entonces, el trabajo, los deportes, las juntas con los amigos...: hay que conversar cuánto y en qué momentos, llegar a acuerdos para que la vida propia de cada uno enriquezca el matrimonio y no lo ponga en riesgo. Estas conversaciones deben ser muy sinceras y confiando en que el otro va a saber entender.

En Familia Unida les tocan muchos casos donde la mujer o el marido se comportan de una manera determinada no por mala voluntad, sino porque nunca nadie les había dicho que las cosas podían ser de otro modo o que con esa actitud podían hacer sufrir a la persona que aman.

Con apertura deben también ir moldeando un proyecto común, que ojalá haya comenzado a delinearse en la época del noviazgo. ¿Qué se espera del matrimonio? ¿Qué tipo de padres se quiere llegar a ser? ¿Qué ambiente se buscará que exista dentro del hogar? ¿Qué espera cada uno del otro? Son respuestas que hay que conversar y que irán tejiendo un mundo de los dos. Esto es algo que debe hacerse de manera consciente, pues si no se corre el riesgo de seguir siendo dos solteros, pero bajo un mismo techo, que se encuentran como amantes, pero no como compañeros de vida. Marido y mujer deben verse a sí mismos como un equipo en el que los dos son titulares. Ninguno es suplente.

¡Paciencia!

Un tercer aspecto propio de los tiempos actuales que hay que saber controlar es el racionalismo y el culto a la instantaneidad. “Hoy vemos todo como causa y efecto. De esa manera tratamos de explicar lo que pasa y de controlar lo que viene. Pero en el matrimonio no todo es lineal y, pretender que lo sea, es negarse a lo natural, a lo espontáneo”, dice Mercedes Larraín.

El primer gran ejemplo de esto es que no por casarse se va a ser obligatoriamente feliz. Al llegar al altar no se conquista un pretendido derecho a la felicidad, sino el compromiso de hacer feliz al otro. Y si se logra ser feliz, lo más probable es que sea a través de un matrimonio muy distinto al planeado en la mente de cada uno de los esposos. Entonces, en vez de preocuparse de qué hacer para que todo salga bien, cada matrimonio debe enfocarse a encontrar su propia forma de amarse y de estar en este mundo. No hay felicidad posible si se piensa en el bien propio. El egoísmo y el amor son incompatibles. La vivencia de ese proceso es el que día a día les dará felicidad y la calma para esperar los resultados.

Saber que se puede

“Tienes que estar seguro de que tu matrimonio puede ser una aventura apasionante. Tienes que estar seguro de que tú y él, tú y ella, ¡así como sois!, podéis vivirla “ ¿Qué va a poder contigo el ambiente si te decides a dar tu propio estilo allí donde te encuentras”, dice el orientador Antonio Vázquez al comienzo de su libro “Matrimonio para un tiempo nuevo”.

Mercedes Larraín piensa en la misma línea: para ella, quien quiera tener un matrimonio feliz, lo tendrá. Y asegura que, a pesar del culto a lo desechable que ronda en la sociedad, el ser humano sigue siendo el mismo y, como siempre, tiende a la belleza, la bondad y la verdad. Más aún: el verdadero amor quiere ser eterno. “El mundo está lleno de cosas feas y uno se acostumbra a eso. Pero cuando vemos una flor, nos emocionamos y sabemos distinguir su belleza. Lo mismo pasa con el matrimonio. Encontrar a un compañero de vida y estar con él para siempre es una ilusión que el hombre lleva impresa en su corazón”, asegura Mercedes.

Primer requisito

El camino del matrimonio comienza por conocerse a uno mismo y reconocer las propias falencias. El egoísmo, el mal carácter o la inmadurez no son determinantes de un matrimonio infeliz, pero sí aspectos que es necesario mejorar. Para ello es necesaria mucha humildad y, en algunos casos, la ayuda de un tercero.

Foccus:

Los temas que hay que conversar ANTES DE

¿Cómo hacer feliz a alguien que no se conoce? La respuesta es obvia: IMPOSIBLE. Para ayudar a los matrimonios en esta tarea hace unos años se creó en Estados Unidos el cuestionario FOCCUS, Facilitating Open Couple Communication, Understanding and Study. Son 156 preguntas que cada novio responde por separado. Los resultados se analizan con la ayuda de una persona capacitada que los ayudará a distinguir posibles conflictos y soluciones.

FOCCUS en ningún caso es un predictor del éxito o fracaso del matrimonio. Sólo propicia una instancia donde se conversen temas que debieran haberse tratado de forma natural. Por ejemplo: Metas de la vida matrimonial. Intereses y amistades. Cómo resolver problemas. Religión y valores. Administración de finanzas.

FOCCUS es utilizado en muchos países del mundo por quienes preparan a matrimonios católicos y también de otras religiones. En Chile, ha sido implementado por la fundación Familia Unida. Más información en www.familiaunida.cl

Manos a la obra

Sabiendo que se puede tener un matrimonio feliz, algunos consejos:

* ¿Mi cónyuge es feliz? Hacerse esta pregunta permite recordar que el foco está en el otro y ayuda a reconocer a tiempo los aspectos en que puede mejorar la relación.

* No angustiarse ni paralizarse cuando hay problemas, sino buscar las herramientas que todo matrimonio posee para resolverlos.

* Es clave “hacerse querible", es decir, facilitar al otro para que te pueda querer más y mejor.

* Vivir el matrimonio de forma asertiva y no a la defensiva. Las mujeres, sobre todo, tienden a desconfiar o a dar segundas lecturas melodramáticas. Es necesario ser sincero sin atacar al otro y sin miedo.

* A mayor confianza en el matrimonio, mayor debe ser el respeto y la valoración de la entrega del otro. Para eso hay que renovar cada día la elección del otro como la persona más importante del mundo.

* No sentirse culpable por no gustar de TODAS las características del otro.

* Usar la inteligencia no sólo en el trabajo, sino también en la casa. Con ella se distingue lo malo de lo bueno, la manera correcta de actuar.

* Cada uno debe intentar sacar lo mejor del otro, pero respetando su esencia y su derecho a ser él mismo.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Conyugalia: La felicidad en el matrimonio I

La felicidad en el matrimonio (I).

Escrito por Magdalena Subercaseaux

Jueves, 15 de Abril de 2010 13:24

Entrevista realizada a Tomás Melendo por José Pedro González Alcón y María Mercedes Álvarez Pérez para el programa de radio "Con las zapatillas puestas". El Prof. Melendo Granados es Catedrático de Filosofía (Metafísica), Director Académico de los Estudios Universitarios sobre la Familia, Universidad de Málaga (UMA), España.

¿Hay parejas que se quieren, pero que dudan si casarse o iniciar una convivencia juntos. ¿Hay alguna diferencia?

T. Melendo: Pienso que la diferencia es abismal. Aunque entiendo que a veces no sea fácil captarla porque, culturalmente, el matrimonio se encuentra hoy vaciado de contenido. Lo han conseguidos las leyes y los usos sociales. No me refiero solo a que en muchos países se encuentre fiscalmente desprotegido o a las consecuencias económicas del divorcio, sin duda más gravosas que las de la separación tras una simple convivencia. Aludo, sobre todo, a que la posibilidad legal de divorciarse elimina la seguridad de que se luchará por mantener el vínculo; la aceptación social y jurídica de «aventuras» extramatrimoniales, que incluso se llegan a considerar como algo «simpático», suprimen la exigencia de fidelidad; y la difusión de contraceptivos quita importancia a los hijos.

Entonces, ¿qué queda de la grandeza y belleza del matrimonio?, ¿para qué casarse? Muchos sostienen, a la vista de todo ello, que lo importante es que nos queramos? y es verdad. Pero precisamente aquí es donde hay que profundizar. Porque para poderse querer bien, a fondo, con auténticas perspectivas de éxito, hay que estar casados.

Esto puede asombrar, pero no es tan extraño. En todos los ámbitos de la vida humana hay que aprender y capacitarse. ¿Por qué no en el del amor? Jacinto Benavente afirmaba que «el amor tiene que ir a la escuela». Y es cierto. Para poder amar hay que aprender y ejercitarse, hacer actos notables de amor: igual que, por ejemplo, hay que templar los músculos para ser un buen atleta.

Pues bien, la boda habilita para amar de una manera real, efectiva, muy superior, insuperable. El matrimonio no se acaba de entender bien: se lo contempla como una ceremonia, un contrato, un compromiso? Y no es que todo ello sea falso, pero sí un tanto pobre. La boda es, en su esencia, un acto libérrimo de amor. El sí es un acto profundísimo, inigualable, único, por el que me entrego plenamente a otra persona y nos decidimos a amarnos de por vida. Es amor de amores: amor sublime que permite amar. Ese acto tan impresionante me pone en condiciones de amar bien: fortalece mi voluntad y la faculta para amar a otro nivel, me sitúa en otra esfera. Si no me caso, sin ese acto radical de amor, estoy incapacitado ?aunque yo no lo advierta? para amar de veras a mi cónyuge, como quien no se entrena o no aprende un idioma, por más que lo desee, no puede sobresalir en un deporte o hablar esa lengua con fluidez.

No puedo detenerme más, pero vale la pena pensar sobre todo ello.

¿Existen implicaciones psicológicas que aconsejen el matrimonio sobre la simple convivencia?

T Melendo: También, y muy claras. El ser humano sólo es feliz cuando lleva a cabo algo grande, algo que merezca ser realizado. Y lo más impresionante que un hombre o una mujer pueden hacer es amar. Vale la pena dedicar toda la vida a amar y a amar cada vez mejor y más intensamente. En realidad, es lo único que vale la pena: todo lo demás, todo, debería ser tan sólo un medio para amar mejor.

Cuando me caso, establezco las condiciones adecuadas para dedicarme a la tarea de amar. Si simplemente vivimos juntos, todo el esfuerzo tendré que dirigirlo, aunque no sea consciente de ello, a «defender las posiciones» alcanzadas, a no «perder lo ganado».

El problema más grave, y el que origina los demás problemas, es entonces la inseguridad: la relación puede romperse en cualquier momento; no tengo certeza de que el otro se va a empeñar seriamente en quererme y superar las dificultades: ¿por qué habría de hacerlo yo?; no puedo bajar la guardia, mostrarme de verdad como soy? no sea que mi pareja advierta defectos que no le gustan y considere que es preferible no seguir adelante; ante los obstáculos y contrariedades que necesariamente surgirán, la tentación de abandonar el empeño está muy cerca, puesto que nada lo impide?

En resumen, la simple convivencia sin entrega definitiva crea un clima en el que la finalidad fundamental y entusiasmante del matrimonio, hacer crecer y madurar el amor y, con él, la felicidad, resulta muy comprometida.

"El amor es lo importante, no los papeles". ¿Qué hay de verdad en esta aseveración?

Mucho, muchísimo, incluso me atrevería a decir que todo. El amor es efectivamente lo importante. No hay que tener miedo a esta idea. Pero ya he explicado que no puede haber amor cabal sin mutua entrega, sin casarse. Los papeles, el reconocimiento social, no son de ningún modo lo importante, pero resultan imprescindibles. ¿Por qué?

Desde el punto de vista social, porque mi matrimonio tiene repercusiones civiles claras: la familia es ¡debería ser! la clave del ordenamiento jurídico y el fundamento de la salud y el correcto desarrollo de una sociedad: resulta imprescindible, por tanto, que se sepa que otra persona y yo hemos decidido cambiar de estado y constituir una familia. No somos versos sueltos, seres aislados; mónades cerradas, sin puertas ni ventanas, que diríamos los filósofos.

Pero, sobre todo, la dimensión pública del matrimonio. Ceremonia religiosa y civil, fiesta con familiares y amigos, participaciones del acontecimiento, anuncio en los medios si es el caso, etc. derivan de la enorme relevancia que lo que están llevando a cabo tiene para los cónyuges: si eso va a cambiar radicalmente mi vida para mejor, si me va a permitir algo que es una auténtica y extraordinaria aventura, me gustará que quede constancia: igual que anuncio con bombo y platillo las restantes buenas noticias.

Igual, no. Mucho más, porque no hay nada comparable a casarse: me pone en una situación inmejorable para crecer personalmente, para ser mejor persona y alcanzar así la felicidad, al tiempo y en la medida en que se la procuro a mi cónyuge.

martes, 20 de abril de 2010

Conyugalia: Dar las gracias trae recompensas para todos

Dar las "gracias" trae recompensas para todos

Escrito por Magdalena Subercaseaux

Viernes, 16 de Abril de 2010 14:00

Un estudio halla que expresar gratitud beneficia tanto a quien las da como a quien las recibe

Para los que no se sienten satisfechos con un amigo o su pareja, dar las gracias podría mejorar su actitud hacia la relación, según halla un estudio reciente.

Resulta que mostrar gratitud no sólo es bueno para quien la recibe. Fortalece la relación porque hace que la persona que da las gracias se sienta más responsable del bienestar de su pareja.

Aunque una investigación anterior sobre la gratitud encontró que dar las gracias fortalece la relación al aumentar la satisfacción con la misma, este nuevo estudio, publicado recientemente en línea en Psychological Science, analiza el efecto de mostrar gratitud en el contexto de lo que los psicólogos llaman "sentimiento comunal", el grado de responsabilidad que una pareja o amigo siente hacia el otro.

La gratitud, cuando se expresa, mejora ese sentimiento comunal, de acuerdo con el autor principal del estudio Nathaniel Lambert, investigador asociado de la Universidad Estatal de Florida en Tallahassee. El hallazgo tiene sentido porque "cuando usted manifiesta su gratitud a alguien, se centra en las cosas buenas que ha hecho esa persona por usted", señaló "Esto hace que vea a las personas desde una perspectiva más positiva y lo ayuda a centrarse en los atributos buenos".

Lambert y su equipo de investigación probaron la idea de que mostrar gratitud ayuda a fortalecer las relaciones mediante tres estudios distintos.En un grupo de estudio, 137 estudiantes universitarios completaron una encuesta sobre la frecuencia con que mostraban su gratitud hacia un amigo o su pareja. Los resultados demostraron que la gratitud se relaciona de manera positiva con la percepción personal de este sentimiento "comunal".

"La persona que daba las gracias percibía que la relación era más comunal, consideraba que la persona era merecedora de que se hicieran sacrificios por ella, de hacer más esfuerzos para ayudarla", explicó Lambert.

Aunque los estudios sólo analizaron a las personas que demostraron gratitud, Lambert especula que "las personas que reciben las palabras de agradecimiento sienten a menudo la necesidad de hacer lo mismo. También quieren mostrar su gratitud. Esto se puede convertir en una especie de espiral ascendente".

Dar las gracias podría ser todo lo que necesita una relación que se torna difícil, dijo. "Actualmente, en las relaciones las personas se centran con frecuencia en lo que la otra no hace por ellas. Ese es uno de los aspectos más maravillosos de la gratitud. Puede cambiar potencialmente la trayectoria de un enfoque negativo de la relación a uno más positivo".

Los investigadores documentaron una "forma sencilla de fortalecer las relaciones y que a menudo se pasa por alto", explicó. "Mostrar gratitud fortalece las relaciones y une a las personas en redes de obligaciones recíprocas".

Una debilidad del estudio, señaló, es que los participantes eran estudiantes universitarios, pero eso es algo típico en muchas investigaciones. Además, participaron más mujeres que hombres, y eso pudo afectar los resultados. "Los estudios han demostrado que los hombres son más renuentes a dar las gracias", agregó.

Aún así, los que deseen desarrollar el hábito de la gratitud pueden hacerlo "dando las gracias y haciéndolo de manera regular" señaló el autor del estudio. "Incluso aunque no lo sienta así, la investigación demuestra de manera sólida que dar las gracias puede conducir a la emoción".

Fuente: HealthDay, traducido por Hispanicare

lunes, 4 de agosto de 2008

Conyugalia: Gabriela Domingo, delegada de la Asociación Abogados de Familia: «Soy de las últimas románticas que creo en el amor eterno»

Gabriela Domingo, delegada de la Asociación Abogados de Familia: «Soy de las últimas románticas que creo en el amor eterno»

Tiene 44 años, lleva 17 casada y presume de tres hijos / Odia las aglomeraciones / Asegura que la clave de una relación está en el equilibrio / Se evade cosiendo/ Se niega a ser abogada del diablo / No perdona la siesta

01.08.2008 - UNA ENTREVISTA DE ALMUDENA NOGUÉS

LA GRANIZADA. Diario SUR (Málaga)

ENTRE PAPELES. Gabriela Domingo se confiesa una apasionada de su trabajo, en el que lleva 21 años. / YOLANDA MONTIEL

Tiene todo el despacho lleno de Post- it de colores. Intuyo que es una persona muy metódica.

(Risas). Es que en esta profesión no hay más remedio que ser ordenado, si no imagínese. Para mí la agenda es un elemento inseparable, forma parte de mí. Tengo que controlar muchas cosas: citas, señalamientos judiciales, vencimientos... Yo cuando voy al médico me mira la agenda. Entonces me dice: 'vamos mal'.

¿Eso es malo para la salud!

Sí, sí. El me mira la agenda y me dice: 'Gabriela, así no puedes seguir'.


¿Y nunca ha sentido necesidad de echar el freno de mano?

¿Sabe lo que pasa? Que este trabajo engancha mucho. A mi me apasiona lo que hago, entonces me entrego mucho. Es lo que ocurre con la mayoría de profesiones libres. O das el 100% o mejor que te dediques a otra cosa.

¿Con qué casos se siente más en su salsa?

¿Uy!, no. Diga más bien con qué casos sufro menos. Hay temas bonitos, porque ves que estás luchando por cosas buenas. Pero después hay asuntos muy duros con los que lo paso muy mal, como los de menores.

¿Y uno no aprende a hacerse un caparazón?

Pues mire, yo llevo 21 años en esto y aún no me lo he hecho. Hay temas más fríos, más económicos. Pero en esta profesión es difícil no llevarte el trabajo a cuestas. Sobre todo en cuestiones de familias, con una fuerte carga emocional que te marca mucho. Mire, tanto es así que hace poco estaba pensando en un cliente y le dije a mi marido '¿a dónde vas Bartolo?' (Risas) Y claro él me espetó '¿quién es Bartolo?' Eso sí, aprendes mucho de la naturaleza humana al conocer a la persona en los momentos más duros de su vida.

¿Qué ha pasado con las familias? Los hogares se han convertido en campos de batalla.

Yo creo que la gente no se da cuenta de que la familia es el mejor patrimonio que uno tiene. Es de las cosas que más merecen la pena en esta vida. No hay que tirar la toalla a la primera de cambio.

Ese es el problema, que ya poca gente está dispuesta a aguantar. ¿Se acabó eso de en lo bueno y en lo malo?

Es eso, que se tira muy rápido la toalla, y eso es una equivocación. Hay mucha falta de compromiso, de madurez al enfrentarse a las relaciones, hay mucho egoísmo. Estamos en una sociedad de usar y tirar, del aquí te pillo aquí te mato. No se trata de aguantar, sino de asumir que hay días malos, que las cosas no son perfectas. A veces nos hacemos la falsa idea de que ante un problema o una dificultad una relación nueva puede solucionarlo todo. Y no es así.

Lo de una mancha de mora con otra se quita...

Sí. Pero la vida está llena de obstáculos y se trata de sobrellevarse, de luchar por algo con entusiasmo. Pese a todo, sí que hay mucha parejas que duran, matrimonios que afrontan las dificultades y tirar para adelante.

¿Y usted es de las románticas que creen en el amor para toda la vida?

¿Yo sí! Soy de las últimas románticas. Además, lo estoy viviendo y lucho por ello. Llevo 17 años casada, tengo tres hijos y por suerte somos una familia unida.

¿Por qué hay tantas casa dominadas por la violencia?

Porque vivimos en una sociedad con mucha violencia, y esa violencia llega a todos los rincones: a los colegios, a los trabajos, a las familias... La agresividad se nota en el trato, entre los hijos, con los padres, con nuestros mayores... Son temas muy duros que se ven en los despachos de cada uno de los cien compañeros que integramos la asociación de abogados de familia en Málaga. Por ello, para dedicarse a esto hay que tener una sensibilidad especial.


Por cierto, y cambiando a un tema más amable, ¿algún caso anecdótico que le haya marcado?

Aquí vemos cosas muy curiosas. Yo me río de los culebrones. Se quedan en mantilla. Aquí llegan historias tan rocambolescas que rozan el surrealismo. Hay personas que se casan por el miedo a confesar que están con otra y a los meses se separan. Parejas que nada más volver de la luna de miel dejan las maletas y se vienen a pedir el divorcio. De esos tenemos muchísimos. Hay mucha falsa expectativa de que la boda lo arregla todo.

Vaya, que están curados de espanto.

Totalmente. Después me acuerdo de un hombre que le dijo a la mujer que ella se podía quedar con todo, siempre que le dejara la videoconsola.

¿No sin mi videoconsola!

Sí, sí. De eso hay mucho. Peleas por una figura, por unas cortinas. Hay veces que no se ha firmado el convenio por unas cortinas y se ha ido a la parte contenciosa. La gente al final discute por tonterías.

¿Increíble!

Y matrimonios que rompen y luego vienen a firmar el divorcio al despacho con sus nuevas parejas, los cuatro juntos. Recuerdo el caso de dos hombres, pareja, que vinieron porque uno se quería divorciar de la hermana de su novio, con la que llevaba un montón de años casado porque ella se quedó embarazada y no quería ser madre soltera. ¿Ah sí, sí! Y una buenísima. Una chica de 35 años que se casó con uno de 22 y a los cuatro meses llegó aquí embarazada con su madre diciendo que se quería separar porque el chico ponía la música muy alta, los vecinos protestaban y ella estaba agobiada. Y va y nos dice que le había dejado encerrado en casa y que se había venido para el despacho. Pues resulta que ni ella ni nadie de su familia se atrevían a ir a abrirle. Decían que fuéramos o yo o mi compañero.

¿Madre mía! ¿Vaya papelón!

Pero lo mejor es que llega ya el día de firmar el convenio y se presenta el muchacho con sus padres que ni siquiera sabían que su hijo estaba casado. Le tuvimos que enseñar el acta de matrimonio para que se lo creyeran.

¿Alguna vez le ha tocado ejercer de abogada del diablo?

No, porque cuando yo no estoy convencida de lo que defiendo no lo puedo llevar. En una ocasión me tocó un caso de un acusado de violación y tras oir las declaraciones de la novia llegué al convencimiento personal de que lo había hecho, por lo que le pasé el asunto a un compañero. Si no me creo lo que defiendo no transmito seguridad.

Y usted, ¿tiene muchas leyes?

Más que leyes una adquiere una serie de frases hechas, una forma de defenderse...

O sea, que su marido no puede con usted...

Pues no se crea. Él no se deja fácilmente. De todos modos, nuestra relación es muy buena. La clave está en encontrar el equilibrio. Si uno pesa más que el otro, la balanza acaba volcándose. No obstante, a veces sí me dice que tengo deformación profesional porque soy demasiado vehemente en mi defensa.

Y ahora en verano, cuando desconecta, ¿con qué disfruta?

Con mis niños, mi madre, mis hermanos, mis amigos, con las cosas de mi casa...

¿Así que es mujer de su casa?

Sí, aunque no tengo mucho tiempo. Me encanta esa faceta. Disfruto cosiendo, eso me evade mucho.

martes, 24 de junio de 2008

Conyugalia: Más allá del sí, te quiero

Más allá del sí, te quiero

Autor Aníbal Cuevas
Una lograda apología del matrimonio, sencilla, clara y, sobre todo, práctica.

Eds. Internac. Universit. 2007. ISBN: 9788484692126. 11 Euros ISBN: 9788484692126
Revisión publicada en http://www.criteriaclub.com/

Aníbal Cuevas está casado y es padre de cuatro hijos. De profesión sobrecargo de líneas aéreas, desde hace diecisiete años dedica una buena parte de su tiempo a la Orientación Familiar. Está diplomado en Orientación Familiar y ha realizado un programa de liderazgo en el IESE. Ha impartido cursos de Orientación Familiar y dictado conferencias, además de colaborar en diversos medios y escribir diariamente sobre matrimonio, familia y educación en su blog http://anibalcuevas.blogs.com/

En un país donde en índice de divorcios ha aumentado un 75 por ciento durante el pasado año, libros como Más allá del sí, te quiero se tornan imprescindibles. Buena prueba de ello es que el libro fue publicado hace apenas un mes y ya está a la venta la 2ª edición.
Para Cuevas, casado y padre de familia numerosa, el matrimonio no es un simple contrato entre un hombre y una mujer, sino una alianza que ambos establecen de manera libre y voluntaria y que les lleva a darse el uno al otro de manera incondicional. El autor reconoce que esta idea es difícil de entender para el hombre actual, acostumbrado a las relaciones basadas en los contratos y el intercambio de servicios.

Más allá del sí, te quiero se trata de un libro que anima a mirar al futuro, a elevar el listón de la autoexigencia personal y, como afirma la contraportada, a levantarse cada mañana dispuesto a vivir enamorado, alimentar el fuego del amor a lo largo del día con pequeños detalles, fomentar los deseos de volver a casa o luchar por vivir en concreto virtudes como la generosidad, la sinceridad o la fortaleza. Éstas son algunas de las propuestas, siempre regadas del más sensato sentido común, que el autor señala como medios para vivir un matrimonio feliz.

Al finalizar el libro, y a modo de epílogo, Cuevas confiesa que si la lectura del libro ha ayudado a alguna persona a mejorar su matrimonio y ser más feliz, él habrá cumplido su objetivo.

Conyugalia: Mi matrimonio en crisis... ¿Qué puedo hacer?

Mi matrimonio en crisis… ¿Qué puedo hacer?

Por Fernando del Castillo del Castillo.
Publicado en:
http://tertuliadeamigos.webcindario.com/bioetica01d.html

Desde el momento que me hice católico, no tengo, naturalmente, más historia de mis ideas religiosas que relatar. Al decir esto no quiero decir que mi entendimiento ha permanecido ocioso, o que haya dejado de pensar en temas teológicos, sino que no tengo variaciones que anotar ni he tenido angustia alguna de corazón (…)

“Tampoco me ha supuesto turbación alguna la aceptación de los artículos adicionales que no se encuentran en el credo anglicano. Algunos los creía ya, pero ninguno de ellos ha sido para mí una prueba (…) Naturalmente, estoy muy lejos de negar que cada uno de los artículos del credo, tal como los admiten católicos o protestantes, no estén envueltos en dificultades intelectuales y es patente que yo no soy capaz de resolverlas. Hay personas muy sensibles a las dificultades de la religión; yo soy tan sensible a ellas como cualquiera; pero nunca he podido ver la conexión entre percibir estas dificultades, por vivas que sean y mucho que se multipliquen, y la duda, por otra parte, sobre las doctrinas a que van inherentes. A mi entender, diez mil dificultades no hacen una duda; dificultad y duda son cantidades inconmensurables. Puede, naturalmente, haber dificultades en la demostración; pero yo hablo de dificultades intrínsecas a las doctrinas mismas o a sus relaciones con otras. Uno puede estar fastidiado por no poder resolver un problema matemático, cuya solución se le ha dado o no se le ha dado, sin dudar de que tiene solución o que una solución particular es la verdadera.” (John Henry Card. NEWMAN, Apologia pro vita sua. Cap. V: Mi estado de espíritu desde 1845, in princ.)

¿Tiene sentido empezar este tema con una cita de Newman sobre la Fe, las dificultades y la duda? Sí (y de hecho será continuo punto de referencia en nuestro estudio): la exquisita finura con que el autor matiza la diferencia esencial entre las dificultades y la duda en el asentimiento de fe, le lleva a afirmar de forma lapidaria que diez mil dificultades no hacen una duda. Una afirmación ejemplar para distinguir también entre las incomodidades y contrariedades en la vida matrimonial (normales, por otra parte) y el desamor o el fracaso dentro del matrimonio.

¡Cómo nos queríamos al principio!...

La fe que uno tiene en lo que dice otra persona no se fundamenta tanto en la evidencia de lo que afirma como en la confianza que nos inspira esa persona. Por este motivo podemos tener dudas acerca de informaciones que nos llegan y que no parecen en sí descabelladas -por ejemplo, cuando otro compañero del trabajo anuncia una subida de sueldo superior a la esperada o unas vacaciones más prolongadas-; mientras que no dudamos de lo que dice alguien digno de nuestra confianza, aunque haga afirmaciones casi increíbles (como la madre que nos dice que ha visto por la calle paseando a quien considerábamos postrado en silla de ruedas para el resto de su vida).

El amor a otra persona hace que crezca la confianza en ella. Más aún: permite que quitemos importancia a los pequeños errores que comete. Y en el caso de descubrir grandes errores, ese amor -que no ingenuidad- sabe disculparlos con excusas que salvan la intención con que actuó o al menos recuerdan sus aciertos anteriores.

En el noviazgo suele darse un primer enamoramiento bastante superficial. Sólo conforme pasa el tiempo va tomando cuerpo un amor más personal: siguen vivos los afectos sensibles, pero bajo esos rasgos físicos y de carácter que nos atraen, descubrimos a otra persona con la que empezamos a plantearnos compartir el resto de nuestra vida.

Cuando un hombre y una mujer deciden casarse (sellar ante testigos cualificados un compromiso con carta de naturaleza que los vincule de por vida), cada uno conoce que puede cruzarse en su vida otra persona cuyas características le “deslumbren”. Sin embargo, sabe también que la “esencia” de su amor no son los sentimientos -aunque sean buenos y convenientes para un amor verdaderamente humano- sino la voluntaria entrega personal.

Si estas ideas se difuminan y el matrimonio permite que su relación no llegue más allá del sentimiento, corre el riesgo de derrumbarse cuando dicho sentimiento se enfría o cuando en la vida de uno de los cónyuges se cruza otra persona que despierta un nuevo enamoramiento (sentimental).

Es entonces cuando se plantean dudas donde sólo debería haber dificultades. Y se interpretan los pequeños roces normales de la convivencia como desprecios y muestras de desamor. Y se pregunta uno si no habrá sido un error casarse. E incluso -en un alarde de “falsa humildad”- llega a considerarse incapaz de adoptar un compromiso “de por vida” con otra persona, porque comprueba que sus sentimientos son volubles (y piensa que el amor humano se reduce a sentimientos).

Y nos asalta un pensamiento melancólico que va tomando cuerpo día a día: ¡Cuánto nos queríamos al principio!...

El noviazgo (necesario) tiene un sentido

Cuando un chico y una chica se enamoran y se declaran mutuamente su amor se establece entre ambos una relación de noviazgo.

Como hemos dicho antes, al comienzo de esa relación prima el sentimiento: el aspecto físico, el modo de ser, el tono de voz, la mirada… Todo lo que vemos en el otro hace que nuestro pensamiento gire en torno a esa persona que… ¡con su sola presencia nos produce hasta escalofríos y nerviosismo!

El trato hace que ese sentimiento -sin llegar a desaparecer nunca- dé paso a un amor más profundo, que descubre detrás de esa mujer o de ese hombre a una persona: nos atrae, ¡sí!, pero -como persona- tiene su propia historia (de la que es protagonista) y deseamos que se entrelace con la nuestra (de la que somos nosotros los protagonistas)... para interpretar juntos una “película” con un “actor” y una “actriz” principales (dos protagonistas: ¡nosotros dos!)

Como el noviazgo no es todavía un compromiso definitivo, se puede dar marcha atrás en la relación. Pero como sí se orienta a un compromiso definitivo, tampoco se trata de una relación trivial: en la vida de los novios se cruzarán otras personas que les parezcan atractivas y que, sin embargo, no serán obstáculos para seguir adelante con esa relación de mutuo conocimiento. Porque en el noviazgo no sólo se da una atracción (sentimiento) entre los novios, sino que se reconoce también una declaración de amor personal (acto libre).

Por esta razón hay que orientar el noviazgo hacia el conocimiento personal de quienes se encuentran enamorados. Las manifestaciones de afecto han de existir (manifestaciones propias de la entrega en el noviazgo y no manifestaciones de amor matrimonial). Pero si el noviazgo se reduce a esas manifestaciones afectivas (aunque sean apropiadas), puede ser el preámbulo de un fracaso matrimonial, por no favorecer el conocimiento entre los novios.

Nos hemos casado. Y ahora… ¿qué?

La libertad humana es tan grande que un hombre y una mujer pueden comprometerse de por vida el uno con el otro en una entrega de amor personal (con cuerpo y alma): eso es el matrimonio.

Sin embargo, no basta con esa decisión. Hay que alimentar el fuego del amor con pequeñas ramas que, día tras día, mantengan viva la hoguera. Y el primer peligro que nos encontramos es -como en cualquier relación personal prolongada- la rutina.
Esa rutina o acostumbramiento al otro lleva a abandonar los detalles pequeños que, con ilusión, tenían entre sí el hombre y la mujer cuando eran novios. La experiencia demuestra la necesidad de que ambos sigan esforzándose -cada uno- por conquistar al otro cada día dentro del matrimonio.

A ese peligro de la rutina (con manifestaciones de descuidos en el arreglo personal y de desinterés en las cosas pequeñas de la relación) se añade otro no menos importante: la falta de comunicación.

Ambos riesgos actúan como un explosivo retardado para la relación matrimonial. Fácilmente se produce, entonces, que uno de los cónyuges perciba la rutina del otro como desinterés o incluso como desprecio (y ambos van distanciándose afectivamente, casi sin darse cuenta, por su falta de comunicación…).

Cuando se caldea el ambiente…

La falta de comunicación entre los cónyuges desarrolla un ambiente frío. Y se da entonces la siguiente paradoja: el hogar es el lugar en el que cualquier persona se refugia para descansar de la tensión acumulada dentro del trabajo y en la calle; sin embargo… es tan dura la sensación de frío que en él encuentran los cónyuges cuando llegan a esa situación que -casi inconscientemente- empiezan a retrasar la vuelta del trabajo o a buscar la compañía de otros amigos antes de ir a casa (como un “placebo” para paliar la falta de afecto que les espera en su hogar).

Es una situación anormal. El matrimonio está “enfermo” (y tiene subidas y bajadas de “fiebre”). Entonces, sin solución de continuidad, se pasa de la “indiferencia” en el trato al “encendimiento explosivo” contra el otro.

El motivo de esos encendimientos puede ser insignificante: un retraso, el descuido de un pequeño encargo que nos han dado, la falta de atención a los detalles en la vida del otro (un aniversario que pasa “sin pena ni gloria” -con una celebración rutinaria-, un “no caer en la cuenta” de algún aspecto en el modo de vestir), etc.

Sabemos que un alfilerazo provoca que un balón de fútbol se desinfle, pero éste puede ser reparado antes de perder todo el aire. Sin embargo, si el alfilerazo se aplica a un globo hinchado (con paredes evidentemente más delgadas que el balón), el globo revienta.

De igual forma, el matrimonio “tenso” por la incomunicación (débil, como las paredes del globo hinchado) “explota” ante el alfilerazo de una pequeña contradicción. Se hacen presentes los recuerdos de agravios que cada uno iba anotando desde tiempo atrás en el interior de su alma (anotados en uno de esos rincones oscuros -sin airear- que se han ido formando en el alma por la falta de comunicación). Y afloran esos agravios en un “diálogo” que es monólogo porque ninguno busca escuchar al otro sino sólo “restregarle” tantas heridas que aún permanecen abiertas…

¡Alarma! ¡Arden las palabras!

Todos -por ser personas humanas- tenemos pasiones. Y éstas no son buenas ni malas. Sólo llegarán a serlo según la orientación libre que les demos. Cuando la pasión nos domina, en cualquier caso, el resultado de lo que hacemos es siempre negativo (tanto si se trata de una pasión “positiva” como la alegría -que degenera en euforia- como si es “negativa” -caso de la tristeza que lleva a la desesperanza-).

Si el rencor acumulado hasta que estalla la discusión enciende la ira, la lengua se suelta y ambos cónyuges se dicen cosas que jamás afirmarían en una situación de serenidad.

Al descubrir esto, cualquiera de ellos que lo haga debe “rehuir el envite” y evitar la confrontación. Aunque sea ausentándose físicamente por unos momentos (quizá horas), retirándose a otra habitación. Y debe hacerlo porque cualquier frase pronunciada en esas circunstancias de iracundia resultará hiriente, mordaz, irónica… y destrozará más aún la poca “vida” que le queda a un amor conyugal “enfermo” que en esos momentos se encuentra en la “UVI”.

Habitualmente, ambos reconocen que en algo han fallado (aunque piensen que la mayor parte de la culpa la tiene el otro: “que no me comprende” o “que no corresponde como debe a tanto sacrificio como hago por él/ella”). Por eso, a esas situaciones de máxima tensión suelen seguir periodos de silencio sólo interrumpidos por frases cortas (no hirientes, pero sí secas: que hacen también daño porque manifiestan una aparente frialdad a pesar de lo ocurrido). Y todo a la espera de que “el otro se dé cuenta” por fin de su error y pida perdón…

Ha pasado la “tormenta” pero no el peligro de hundimiento. El paso del tiempo no cura nada en estos casos. Lo más que puede es permitir que la “herida” cierre en falso (“herida” que sigue infectada y que -al crecer la infección- sigue produciendo molestias y dolor… ¡hasta abrirse de nuevo con cualquier roce!)

Volverá una nueva “tormenta” (quizá más fuerte y de peores consecuencias que la anterior) cuando llegue el momento oportuno. Si no se pone remedio…

Lucha en positivo: -"¡Te quiero!" (díselo…)

Hay que aprovechar el periodo de silencio (posterior a la “tormenta”) para tomar decisiones positivas. Cuando se ha apagado el acaloramiento de la discusión y el encendimiento interior (es decir, el apasionamiento contra el otro) podemos volver a hablar:

¿Cuánto tiempo hace que no has dicho a tu mujer que la quieres? ¿Cuánto llevas sin decir a tu marido que desearías “comértelo a besos”, que no existe en el mundo ningún hombre como él?...

«¡Amor mío, te quiero mucho! Perdóname todo lo que te dije en esa discusión. Soy un tonto. Estaba “encendido” y no me daba cuenta de lo que decía. Te quiero con toda mi alma. Eres la mujer de mi vida y te necesito. Pero soy como un niño chico: necesito que me perdones, que me comprendas y que me ayudes. ¡Te quiero tanto!... Querría volver a enamorarte como cuando éramos novios. Pero ya no somos novios: nos hemos entregado libremente de por vida. Por eso no puedo imaginar mi vida al margen de ti.

»Soy débil. Pero el orgullo me ha llevado a esconder esa “debilidad” y a mostrarme autosuficiente. Quiero pedirte que hablemos más. Deseo que conozcas siempre cuáles son mis sentimientos. Quiero manifestarte el amor que te tengo. Si alguna vez no lo hago… piensa que es por orgullo, que es el niño tonto y caprichoso que llevo dentro quien actúa, y no yo. Porque yo -recuerda en los momentos difíciles lo que estoy diciéndote ahora- te amo con toda la capacidad de amar a una mujer que Dios mismo ha puesto en mi corazón.»

(Puede ser éste un modelo de diálogo. Ninguna mujer enamorada permanecerá insensible ante esa declaración humilde y sincera. Tampoco ningún hombre, si la mujer manifiesta sentimientos semejantes).

El amor no vive “del aire”. Los amigos que no se ven, que no muestran con hechos -o al menos con palabras- su amistad, saben que ésta acabará desapareciendo. Por eso procuran salvar las distancias si se encuentran lejos: mediante el teléfono o escribiéndose (como aquél que, de forma -eso sí- un tanto cursi, tranquilizaba al amigo a quien no veía desde años atrás, escribiéndole: «No te preocupes: la amistad que nos une es más grande que la distancia que nos separa»). Y cuando están cerca necesitan manifestarse de alguna forma (quedando y hablando) el afecto propio de la amistad.

En el amor entre un hombre y una mujer (el enamoramiento o el eros) sucede algo parecido, pues al fin y al cabo es otro tipo de amor humano. Por eso, en el matrimonio, cada cónyuge -aunque convivan bajo el mismo techo y duerman en el mismo lecho- necesita también decir “te quiero” y escuchar “te quiero”. Y no es excusa pensar: “¡ya lo sabe!”, porque para avivar el amor no basta con saber que es así: hay que percibir, sentir, escuchar que es así. Esta es la lucha positiva que salvará el amor (y aun lo acrecentará) en momentos de crisis: las muestras frecuentes de cariño.

Y cuando resulte costoso mostrar el afecto -porque la relación atraviesa un momento difícil-, debo recordar que esa mujer (o ese hombre) no es sólo una persona que me atrae: sino alguien que libremente quiso embarcarse en la aventura de compartir toda su vida conmigo, entregándose a mí… (No sólo Dios, también otras personas que asistieron a nuestro matrimonio son testigos cualificados que pueden ayudarme a avivar ese recuerdo cuando mi mente se “oscurezca”…). Así evitaremos que las pequeñas dificultades se conviertan en un obstáculo insuperable: porque, cuando hay amor, diez mil roces no constituyen una ofensa, diez mil contrariedades no equivalen a un fracaso, diez mil pequeños descuidos no hacen un desprecio...

jueves, 12 de junio de 2008

Conyugalia: un seguro de vida para el matrimonio

Un seguro de vida para el matrimonio

por Tomás Melendo Granados en http://www.arbil.org/99matr.htm

Después de pensarlo con calma, considero que en la práctica diaria existe una clave suprema y casi infalible que asegura el triunfo de cualquier matrimonio: la capacidad de perdonar y pedir perdón. Y que esa actitud depende en buena medida de la que adoptemos ante los defectos del propio cónyuge: aceptarlos, conforme los vayamos descubriendo, y, si no son ofensa de Dios, esforzarnos por comprenderlos e incluso amarlos.

Presunción de inocencia

Y es que, por más que luche por corregir esas faltas, a lo largo de la vida se harán más de una vez presentes, con las molestias que suelen llevar aparejadas y que exigen del otro consorte una decidida e incondicionada resolución de pasarlas por alto cuantas veces fuere necesario… como los ignoramos —más aún, los «comprendemos» y nos producen ternura— cuando se trata de nuestros hijos pequeños… que no son muy distintos de nuestro cónyuge, ¡especialmente del marido!

Volviendo al perdón, lo estimo tan relevante que cabría sostener que el «sí» del día de la boda resultará vano si no se encuentra reforzado y protegido, desde entonces y a lo largo de toda la vida en común, por la decisión de perdonar siempre que la persona amada o bien no advierta el agravio infligido al cónyuge o bien, al percibirlo, se muestre sinceramente arrepentida y luche por corregirse.

Para lograrlo resulta muy conveniente que en cada uno de los miembros del matrimonio reine incontrastada la «presunción de inocencia» respecto al otro. Esto es, el firme convencimiento de que, aunque las apariencias pudieran dar a entender lo contrario, nuestro esposo o esposa nunca realiza nada con la intención de «fastidiarnos».

Si las propias disposiciones hacia el otro son las de hacerle la vida lo más agradable posible, ¿qué nos autoriza a presumir que él o ella habría de actuar con fines menos rectos? Una cosa es el error o el descuido, fácilmente tolerables si se advierten como tales (reitero la comparación con nuestros hijos de corta edad), y otra muy distinta, y rarísima en un matrimonio normalmente constituido, el afán de herir o hacer daño de manera consciente y premeditada, incluso en los momentos de cansancio o aburrimiento o nerviosismo o en las explosiones de mal genio derivadas de esas circunstancias.

Reflexionar a menudo cuando la mar está en calma sobre esta verdad casi obvia facilitará enormemente el disculpar o incluso pasar por alto —¡no advertirlos!— los roces y las tensiones originadas por el tráfago de la existencia cotidiana.

Perdonar, olvidar... Para curar

Tal vez por eso, la disposición habitual de perdonar y solicitar el perdón constituía para San Josemaría Escrivá una de las pruebas más esencialmente significativas del amor entre los esposos… y del mismo amor de Dios, de Quien le admiraba, más aún que su poder creador y la maravilla de la Encarnación, justo Su reiterado y siempre actual afán por perdonar a quienes le ofendemos y, compungidos, volvemos al combate.

Pues bien, a ese Dios que sale a nuestro paso, se nos acerca, nos sana, indulta y olvida, hemos de intentar asemejarnos los esposos. Teniendo en cuenta que el resultado será siempre un incremento de nuestro amor recíproco, porque sólo en ese amor haya su fundamento la capacidad de perdonar… y de olvidar y curar, haciendo desaparecer la afrenta y las huellas que pudiera dejar en nosotros y en nuestro cónyuge.

A este respecto, me gusta recordar unas palabras de Étienne Gilson: «El Dios de nuestra Iglesia no es sólo un juez que perdona, es un juez que puede perdonar porque es, primero, un médico que cura» … y goza —que Él me excuse la aparente irreverencia— de una colosal «mala memoria».

En realidad, para nosotros los humanos, perdonar y olvidar de veras incluye la máxima eficacia alcanzable: es, en cierto modo, nuestra manera más real de curar, lo que más se acerca a cauterizar definitivamente la herida. De ahí la alusión un tanto cariñosa y bromista a la «mala memoria» divina que, sin embargo, es un recurso de tremenda eficiencia, y nada metafórico, en la vida conyugal.

En esta línea, recuerda Paul Jonhson: «los secretos de un matrimonio bien trabajado son paciencia y perseverancia, tolerancia y dominio de sí, estoicismo y tenacidad, resistencia, disposición a perdonar y, a falta de todo eso, mala memoria: ¡nada menos!». Y comenta Amadeo Aparicio: «No es fácil adquirir una buena mala memoria. El peso de los recuerdos, la dificultad de olvidar ciertas cosas, la actitud rencorosa que, en una discusión, saca todos los trapos a relucir, y el apasionamiento de la polémica que lleva a decir más de lo que uno quisiera, hacen complicado el entendimiento entre ambos. Y es imprescindible ejercitarse en el olvido, sustituyendo los “malos recuerdos” por una voluntad decidida de perdón».

Resumiendo: la firme decisión de perdonar e, incluso antes, de pedir perdón, con todo lo que lleva aparejado de comprensión y olvido, compone una de las actitudes básicas más «rentables» de todo hogar que aspire a cumplir su cometido en este mundo, generando e irradiando hacia quienes lo rodean felicidad y contento.

Lo confirma la reflexión de un santo del siglo XX en torno a las pequeñas trifulcas que surgen en la convivencia. En tales circunstancias —nos aconseja—, «debemos acostumbrarnos a pensar que nunca tenemos toda la razón. Incluso se puede decir que, en asuntos de ordinario tan opinables, mientras más seguro se está de tener toda la razón, tanto más indudable es que no la tenemos. Discurriendo de este modo, resulta luego más sencillo rectificar y, si hace falta, pedir perdón, que es la mejor manera de acabar con un enfado: así se llega a la paz y al cariño».

Al estilo de Dios

Pero ¿por qué perdonar y pedir perdón se muestran tan eficaces en la vida matrimonial y mejoran de manera casi insuperable la calidad personal de los cónyuges, purificando e incrementando su amor recíproco? Por una razón relativamente sencilla y ya insinuada: por cuanto todo ello asimila el afecto mutuo de los esposos al Amor infinito de Dios.

Como acabamos de sugerir, otorgar un perdón sin condiciones puede considerarse como una de las operaciones más caracterizadoras y exclusivas y portentosas del Dios omnipotente y amorosísimo. «Errar es humano, perdonar divino», aseguraba Pope. Por eso perdonar de corazón, sin falsas reservas ni retrancas, olvidando realmente la injuria y, desde este punto de vista, haciéndola desaparecer, acerca infinitamente a Dios a quien perdona y provoca una gratitud también cuasi divina en quien así se siente amado.

Muchas veces se ha comentado que el amor permite ver al ser amado con ojos divinos. («Gracias quiero dar al divino / laberinto de los efectos y de las causas —escribió Borges— / […] por el amor, que nos deja ver a los otros / como los ve la divinidad, / …». Ahora bien, parece evidente que Dios observa a las personas con una mirada afabilísima, que pone en primer término cuanto de bueno, de grandioso, Él está produciendo y conservando en cada una. No es que ignore nuestros defectos, pues nos conoce con la máxima perfección; pero los calibra en sus justas dimensiones, más como carencias que como entidades positivas. Y, dentro de la persona, cualquier déficit no representa sino un detalle casi irrelevante frente a la grandeza sublime de su eminente dignidad.

El amor de Dios se dirige, directo y eficaz, como una saeta bien orientada, hacia el núcleo más íntimo del ser humano: y ese meollo, la médula de la persona, es merecedor, por gratuita dádiva divina, de un amor incondicionado… incluso cuando transitoriamente la criatura se vuelve contra su Creador.

De ahí que San Josemaría Escrivá, que vivió con intensidad suma el amor a Dios y a los hombres pudiera llegar a sostener que él no necesitaba perdonar… justamente porque Dios le había enseñado a amar sin reservas ni distingos. Y así, de Dios, debemos aprender los cónyuges.

Motivos para amar… y pasar por alto la ofensa

Y es que, cuando se quiere de veras, el presunto ultraje, la descortesía o el desinterés resultan como anegados por la abundancia de realidades positivas que aquel a quien se estima nos ha demostrado a lo largo de toda su existencia y nos sigue mostrando incluso en esos momentos menos conseguidos. Y de ahí, como sugería, que ante un amor sincero y apasionado, el agravio pasa muchas veces inadvertido y no requiere ser exculpado: remedando e invirtiendo radicalmente el sentido del no muy feliz dicho popular, cabría sostener que «no ofende el que quiere… ni el que es querido».

La clave, como de costumbre, es el amor. Lo sostiene esta cita, que a la par resume y confirma mucho de lo anteriormente expuesto: «Cada uno de nosotros tiene su carácter, sus gustos personales, su genio —su mal genio, a veces— y sus defectos. Cada uno tiene también cosas agradables en su personalidad, y por eso y por muchas más razones, se le puede querer. La convivencia es posible cuando todos tratan de corregir las propias deficiencias y procuran pasar por encima de las faltas de los demás: es decir, cuando hay amor, que anula y supera todo lo que falsamente podría ser motivo de separación o de divergencia. En cambio, si se dramatizan los pequeños contrastes y mutuamente comienzan a echarse en cara los defectos y las equivocaciones, entonces se acaba la paz y se corre el riesgo de matar el cariño».

No pretendo sostener con cuanto vengo diciendo que siempre sea fácil perdonar, precisamente porque el orgullo anida muy hondo en el centro de nuestros corazones. Pero cuando el esfuerzo de amor continuado transforma el perdón en actitud habitual, los efectos de crecimiento de la vida en común no podrán nunca ponderarse en exceso: quien perdona experimenta un gozo y una paz, una alegría… que no dudo en volver a calificar de cuasi divinas.

Y el que es absuelto descubre en el esposo o en la esposa la imagen fidedigna de un Dios compasivo… y le resulta muy difícil no quererlo o quererla con toda el alma, porque por él o ella se siente infinitamente amado. Uno y otro, al pedir disculpas y otorgarlas, se vacían de sí mismos, de sus presuntos «derechos», dando en consecuencia un paso de gigante hacia la verdadera acogida y el don recíprocos.

Y así, reblandecidos y remodelados ambos espíritus por la efusión amorosa del perdón, inmensamente cercanos al Hogar divino, se torna sencillo disponerse al cambio que efectivamente los introducirá más en el otro cónyuge, elevando la calidad y el colorido de su mutua entrega y poniéndolos en condiciones de desbordarse en beneficio de cuantos crecen y mejoran a su amparo.

Lo positivo... del otro

Concluyo, con palabras de Ugo Borghello: «Narra una fábula que el demonio merodeaba por los barrios con el fin de dividir y arruinar a las familias. Se introducía en los hogares bajo la apariencia de un peregrino cansado y, mientras lo atendían, se las ingeniaba para hacer a la mujer caer en la cuenta de que el marido la trataba como a una esclava, mientras él permanecía tranquilamente sentado, charlando con el huésped, o cosas por el estilo. Y así proseguía insidiando, hasta que lograba hacer estallar una rabiosa discusión.

Pero un día entró en una casa donde todos sus intentos fracasaron. Fue él entonces quien se enfadó y, desesperado, exclamó: “¿Pero vosotros no discutís nunca?”. “No, porque desde el primer día hicimos un pacto: cada cual deberá fijarse sólo en los propios defectos y en los méritos o cualidades del cónyuge”. Basta reflexionar un poco sobre la anécdota para advertir que quien se comporta de este modo lleva todas las de ganar».

La verdad ilustrada por este apólogo la expresa, con términos más técnicos, Gottman, un especialista americano: «Lo que hace que un matrimonio funcione es muy sencillo. Las parejas felizmente casadas no son más listas, más ricas o más astutas psicológicamente que otras. Pero en sus vidas cotidianas han adquirido una dinámica que impide que sus pensamientos y sentimientos negativos (que existen en todas las parejas) ahoguen los positivos. Es lo que llamo un matrimonio emocionalmente inteligente».

Tomás Melendo Granados