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jueves, 12 de junio de 2008

Conyugalia: un seguro de vida para el matrimonio

Un seguro de vida para el matrimonio

por Tomás Melendo Granados en http://www.arbil.org/99matr.htm

Después de pensarlo con calma, considero que en la práctica diaria existe una clave suprema y casi infalible que asegura el triunfo de cualquier matrimonio: la capacidad de perdonar y pedir perdón. Y que esa actitud depende en buena medida de la que adoptemos ante los defectos del propio cónyuge: aceptarlos, conforme los vayamos descubriendo, y, si no son ofensa de Dios, esforzarnos por comprenderlos e incluso amarlos.

Presunción de inocencia

Y es que, por más que luche por corregir esas faltas, a lo largo de la vida se harán más de una vez presentes, con las molestias que suelen llevar aparejadas y que exigen del otro consorte una decidida e incondicionada resolución de pasarlas por alto cuantas veces fuere necesario… como los ignoramos —más aún, los «comprendemos» y nos producen ternura— cuando se trata de nuestros hijos pequeños… que no son muy distintos de nuestro cónyuge, ¡especialmente del marido!

Volviendo al perdón, lo estimo tan relevante que cabría sostener que el «sí» del día de la boda resultará vano si no se encuentra reforzado y protegido, desde entonces y a lo largo de toda la vida en común, por la decisión de perdonar siempre que la persona amada o bien no advierta el agravio infligido al cónyuge o bien, al percibirlo, se muestre sinceramente arrepentida y luche por corregirse.

Para lograrlo resulta muy conveniente que en cada uno de los miembros del matrimonio reine incontrastada la «presunción de inocencia» respecto al otro. Esto es, el firme convencimiento de que, aunque las apariencias pudieran dar a entender lo contrario, nuestro esposo o esposa nunca realiza nada con la intención de «fastidiarnos».

Si las propias disposiciones hacia el otro son las de hacerle la vida lo más agradable posible, ¿qué nos autoriza a presumir que él o ella habría de actuar con fines menos rectos? Una cosa es el error o el descuido, fácilmente tolerables si se advierten como tales (reitero la comparación con nuestros hijos de corta edad), y otra muy distinta, y rarísima en un matrimonio normalmente constituido, el afán de herir o hacer daño de manera consciente y premeditada, incluso en los momentos de cansancio o aburrimiento o nerviosismo o en las explosiones de mal genio derivadas de esas circunstancias.

Reflexionar a menudo cuando la mar está en calma sobre esta verdad casi obvia facilitará enormemente el disculpar o incluso pasar por alto —¡no advertirlos!— los roces y las tensiones originadas por el tráfago de la existencia cotidiana.

Perdonar, olvidar... Para curar

Tal vez por eso, la disposición habitual de perdonar y solicitar el perdón constituía para San Josemaría Escrivá una de las pruebas más esencialmente significativas del amor entre los esposos… y del mismo amor de Dios, de Quien le admiraba, más aún que su poder creador y la maravilla de la Encarnación, justo Su reiterado y siempre actual afán por perdonar a quienes le ofendemos y, compungidos, volvemos al combate.

Pues bien, a ese Dios que sale a nuestro paso, se nos acerca, nos sana, indulta y olvida, hemos de intentar asemejarnos los esposos. Teniendo en cuenta que el resultado será siempre un incremento de nuestro amor recíproco, porque sólo en ese amor haya su fundamento la capacidad de perdonar… y de olvidar y curar, haciendo desaparecer la afrenta y las huellas que pudiera dejar en nosotros y en nuestro cónyuge.

A este respecto, me gusta recordar unas palabras de Étienne Gilson: «El Dios de nuestra Iglesia no es sólo un juez que perdona, es un juez que puede perdonar porque es, primero, un médico que cura» … y goza —que Él me excuse la aparente irreverencia— de una colosal «mala memoria».

En realidad, para nosotros los humanos, perdonar y olvidar de veras incluye la máxima eficacia alcanzable: es, en cierto modo, nuestra manera más real de curar, lo que más se acerca a cauterizar definitivamente la herida. De ahí la alusión un tanto cariñosa y bromista a la «mala memoria» divina que, sin embargo, es un recurso de tremenda eficiencia, y nada metafórico, en la vida conyugal.

En esta línea, recuerda Paul Jonhson: «los secretos de un matrimonio bien trabajado son paciencia y perseverancia, tolerancia y dominio de sí, estoicismo y tenacidad, resistencia, disposición a perdonar y, a falta de todo eso, mala memoria: ¡nada menos!». Y comenta Amadeo Aparicio: «No es fácil adquirir una buena mala memoria. El peso de los recuerdos, la dificultad de olvidar ciertas cosas, la actitud rencorosa que, en una discusión, saca todos los trapos a relucir, y el apasionamiento de la polémica que lleva a decir más de lo que uno quisiera, hacen complicado el entendimiento entre ambos. Y es imprescindible ejercitarse en el olvido, sustituyendo los “malos recuerdos” por una voluntad decidida de perdón».

Resumiendo: la firme decisión de perdonar e, incluso antes, de pedir perdón, con todo lo que lleva aparejado de comprensión y olvido, compone una de las actitudes básicas más «rentables» de todo hogar que aspire a cumplir su cometido en este mundo, generando e irradiando hacia quienes lo rodean felicidad y contento.

Lo confirma la reflexión de un santo del siglo XX en torno a las pequeñas trifulcas que surgen en la convivencia. En tales circunstancias —nos aconseja—, «debemos acostumbrarnos a pensar que nunca tenemos toda la razón. Incluso se puede decir que, en asuntos de ordinario tan opinables, mientras más seguro se está de tener toda la razón, tanto más indudable es que no la tenemos. Discurriendo de este modo, resulta luego más sencillo rectificar y, si hace falta, pedir perdón, que es la mejor manera de acabar con un enfado: así se llega a la paz y al cariño».

Al estilo de Dios

Pero ¿por qué perdonar y pedir perdón se muestran tan eficaces en la vida matrimonial y mejoran de manera casi insuperable la calidad personal de los cónyuges, purificando e incrementando su amor recíproco? Por una razón relativamente sencilla y ya insinuada: por cuanto todo ello asimila el afecto mutuo de los esposos al Amor infinito de Dios.

Como acabamos de sugerir, otorgar un perdón sin condiciones puede considerarse como una de las operaciones más caracterizadoras y exclusivas y portentosas del Dios omnipotente y amorosísimo. «Errar es humano, perdonar divino», aseguraba Pope. Por eso perdonar de corazón, sin falsas reservas ni retrancas, olvidando realmente la injuria y, desde este punto de vista, haciéndola desaparecer, acerca infinitamente a Dios a quien perdona y provoca una gratitud también cuasi divina en quien así se siente amado.

Muchas veces se ha comentado que el amor permite ver al ser amado con ojos divinos. («Gracias quiero dar al divino / laberinto de los efectos y de las causas —escribió Borges— / […] por el amor, que nos deja ver a los otros / como los ve la divinidad, / …». Ahora bien, parece evidente que Dios observa a las personas con una mirada afabilísima, que pone en primer término cuanto de bueno, de grandioso, Él está produciendo y conservando en cada una. No es que ignore nuestros defectos, pues nos conoce con la máxima perfección; pero los calibra en sus justas dimensiones, más como carencias que como entidades positivas. Y, dentro de la persona, cualquier déficit no representa sino un detalle casi irrelevante frente a la grandeza sublime de su eminente dignidad.

El amor de Dios se dirige, directo y eficaz, como una saeta bien orientada, hacia el núcleo más íntimo del ser humano: y ese meollo, la médula de la persona, es merecedor, por gratuita dádiva divina, de un amor incondicionado… incluso cuando transitoriamente la criatura se vuelve contra su Creador.

De ahí que San Josemaría Escrivá, que vivió con intensidad suma el amor a Dios y a los hombres pudiera llegar a sostener que él no necesitaba perdonar… justamente porque Dios le había enseñado a amar sin reservas ni distingos. Y así, de Dios, debemos aprender los cónyuges.

Motivos para amar… y pasar por alto la ofensa

Y es que, cuando se quiere de veras, el presunto ultraje, la descortesía o el desinterés resultan como anegados por la abundancia de realidades positivas que aquel a quien se estima nos ha demostrado a lo largo de toda su existencia y nos sigue mostrando incluso en esos momentos menos conseguidos. Y de ahí, como sugería, que ante un amor sincero y apasionado, el agravio pasa muchas veces inadvertido y no requiere ser exculpado: remedando e invirtiendo radicalmente el sentido del no muy feliz dicho popular, cabría sostener que «no ofende el que quiere… ni el que es querido».

La clave, como de costumbre, es el amor. Lo sostiene esta cita, que a la par resume y confirma mucho de lo anteriormente expuesto: «Cada uno de nosotros tiene su carácter, sus gustos personales, su genio —su mal genio, a veces— y sus defectos. Cada uno tiene también cosas agradables en su personalidad, y por eso y por muchas más razones, se le puede querer. La convivencia es posible cuando todos tratan de corregir las propias deficiencias y procuran pasar por encima de las faltas de los demás: es decir, cuando hay amor, que anula y supera todo lo que falsamente podría ser motivo de separación o de divergencia. En cambio, si se dramatizan los pequeños contrastes y mutuamente comienzan a echarse en cara los defectos y las equivocaciones, entonces se acaba la paz y se corre el riesgo de matar el cariño».

No pretendo sostener con cuanto vengo diciendo que siempre sea fácil perdonar, precisamente porque el orgullo anida muy hondo en el centro de nuestros corazones. Pero cuando el esfuerzo de amor continuado transforma el perdón en actitud habitual, los efectos de crecimiento de la vida en común no podrán nunca ponderarse en exceso: quien perdona experimenta un gozo y una paz, una alegría… que no dudo en volver a calificar de cuasi divinas.

Y el que es absuelto descubre en el esposo o en la esposa la imagen fidedigna de un Dios compasivo… y le resulta muy difícil no quererlo o quererla con toda el alma, porque por él o ella se siente infinitamente amado. Uno y otro, al pedir disculpas y otorgarlas, se vacían de sí mismos, de sus presuntos «derechos», dando en consecuencia un paso de gigante hacia la verdadera acogida y el don recíprocos.

Y así, reblandecidos y remodelados ambos espíritus por la efusión amorosa del perdón, inmensamente cercanos al Hogar divino, se torna sencillo disponerse al cambio que efectivamente los introducirá más en el otro cónyuge, elevando la calidad y el colorido de su mutua entrega y poniéndolos en condiciones de desbordarse en beneficio de cuantos crecen y mejoran a su amparo.

Lo positivo... del otro

Concluyo, con palabras de Ugo Borghello: «Narra una fábula que el demonio merodeaba por los barrios con el fin de dividir y arruinar a las familias. Se introducía en los hogares bajo la apariencia de un peregrino cansado y, mientras lo atendían, se las ingeniaba para hacer a la mujer caer en la cuenta de que el marido la trataba como a una esclava, mientras él permanecía tranquilamente sentado, charlando con el huésped, o cosas por el estilo. Y así proseguía insidiando, hasta que lograba hacer estallar una rabiosa discusión.

Pero un día entró en una casa donde todos sus intentos fracasaron. Fue él entonces quien se enfadó y, desesperado, exclamó: “¿Pero vosotros no discutís nunca?”. “No, porque desde el primer día hicimos un pacto: cada cual deberá fijarse sólo en los propios defectos y en los méritos o cualidades del cónyuge”. Basta reflexionar un poco sobre la anécdota para advertir que quien se comporta de este modo lleva todas las de ganar».

La verdad ilustrada por este apólogo la expresa, con términos más técnicos, Gottman, un especialista americano: «Lo que hace que un matrimonio funcione es muy sencillo. Las parejas felizmente casadas no son más listas, más ricas o más astutas psicológicamente que otras. Pero en sus vidas cotidianas han adquirido una dinámica que impide que sus pensamientos y sentimientos negativos (que existen en todas las parejas) ahoguen los positivos. Es lo que llamo un matrimonio emocionalmente inteligente».

Tomás Melendo Granados

jueves, 5 de junio de 2008

Conyugalia: Los celos (I)

LOS CELOS (I)

En los últimos años parece que cada vez se da un índice desmesurado de separaciones y crisis conyugales, una de las causas mas problemáticas y para las que las parejas buscan soluciones en los profesionales de la terapia conyugal son los celos.

Publicado en http://personales.com/espana/madrid/apsired/celos.htm

1.- Introducción

Los celos son una respuesta a lo que se percibe como una amenaza que se cierne sobre una relación considerada valiosa o sobre su calidad. Es una respuesta compleja que tiene componentes internos y externos.

El componente interno de los celos incluye emociones, pensamientos y síntomas físicos que a menudo no son visibles para el mundo externo.

Las emociones asociadas con los celos pueden incluir dolor, ira, rabia, tristeza, miedo, pena y humillación.

Los pensamientos asociados con los celos pueden ser de los siguientes tipos:

Resentimiento ("¿Cómo pudiste haberme mentido así?")

Auto incriminación (¿Cómo pude haber sido tan ciego, tan estúpido, tan confiado"?)

Comparación con el rival ("No soy tan atractiva, seductora, inteligente")

Preocupación por la propia imagen ante los demás ("todo el mundo se reirá de mi.

Auto conmiseración ("estoy completamente sola, nadie me ama).

Posesividad

Pensamientos de venganza.

Entre las respuestas fisiológicas se encuentran aquellas que son típicas de trastornos de ansiedad.

El componente externo es más claramente visible para el mundo externo y se expresa en distintos tipos de comportamientos: hablar abiertamente del problema, gritar, llorar, usar el humor, tomar represalias, dejar a la otra persona o recurrir a la violencia.

La respuesta celosa se desencadena cuando se percibe una amenaza a una relación. La amenaza puede ser real o imaginada, del mismo modo que la relación misma puede ser real o imaginada.

Es una respuesta compleja que tiene diferentes componentes según la percepción de cada persona:

Temor a ser abandonado

Desprestigio

Traición de la confianza depositada en otra persona

Competitividad con el adversario

Envidia.

2.- Celos y envidia

Mucha gente tiende a confundir celos con envidia pero es hora de hacer distinciones. Por lo general la envidia involucra a dos personas, la persona envidiosa quiere algo que le pertenece a otra persona y no quiere que esa otra persona lo tenga. La envidia esta conectada con el no tener.

Los celos sin embargo involucran a 3 personas y la persona afectada esta respondiendo a lo que percibe como una amenaza que un tercero representa para una relación que ella considera como valiosa. Esto ultimo es valido aun en el caso de que el tercero solo exista en la imaginación de la persona celosa. Los celos están conectados con el no tener.

Una persona puede tener celos porque su pareja puede estar teniendo un amorío con su mejor amigo/a, y al mismo tiempo sienta envidia del éxito que su amigo/a tiene con la pareja

3.- Celos normales y anormales

¿Son los celos una locura?. Parece ser que los celos merodean la zona gris que se extiende entre la salud mental y la locura. Algunas reacciones a los celos son tan naturales que una persona que no las demuestre parece en cierta forma "no normal". Una persona que cuya pareja le informe que le deja por otra pareja no puede responder "que maravilloso para ti querida".

Sin embargo otras reacciones son tan excesivas que pueden ser patológicas (espiar a la pareja, consultar su agenda, interceptar su teléfono, buscar manchas en su ropa interior) y a veces estas son tan exageradas que ni la fidelidad a ultranza de la pareja hace desaparecer la respuesta..

La Psicología clínica considera que ambos casos de respuesta son patológicas. Los celos normales tienen como base una amenaza real a la relación, pero los delirantes, persisten incluso a pesar de la ausencia de cualquier amenaza real o incluso probable.

A la distinción entre amenaza real e imaginaria se suele agregar otra distinción entre la reacción adecuada o normal y la reacción inadecuada o anormal.

Otra distinción es que los celos normales son una reacción defensiva que incluso puede salvar una relación de pareja, mientras que los anormales son una obsesión destructiva que daña a las personas y a su relación.

En resumen cabe decir que la mayoría de las personas "normales" sienten celos cuando una amenaza se cierne sobre una relación que valoran. Sin embargo la mayoría de los celos anormales no están relacionados con una amenaza real a una relación valorada sino con algún disparador interno del individuo celoso y además en este caso la reacción de celos resulta dramáticamente exagerada o violenta.

Predisposición a los celos

Los celos suelen ser el resultado de una interacción entre una cierta predisposición y un acontecimiento preciso que actúa como desencadenante. Por eso cabe decir que una cierta predisposición celosa puede no expresarse nunca si no ocurre un acontecimiento desencadenante.

En general la predisposición a los celos depende de varios factores:

La cultura en la que estamos inmersos

Nuestro contexto familiar, así por ejemplo un hombre cuya madre fue infiel puede tener cierta predisposición, o una niña que creció a la sombra de una hermana mas bonita o inteligente también puede ser mas celosa a priori.

Nuestras experiencias en las relaciones intimas y si esas relaciones han sido traicionadas en alguna ocasión.

En general hay una serie de situaciones que pueden desencadenar una respuesta de celos (una aventura de una noche, un abandono a mitad de una fiesta, una pareja antigua que reaparece, etc) pero en general parece que aquellas situaciones donde un componente de la pareja anuncia que se ha enamorado de otra persona y piensa abandonarla desencadena la mayor respuesta y la mayoría de las veces acaba en ruptura de la pareja.

En general parece que los celos con la edad van atenuándose quizás porque los individuos aprenden estrategias para hacerles frente y es posible que eviten relaciones en las que resulte probable que se puedan desencadenar. también es posible que con el paso del tiempo la mayoría de las parejas desarrollen un cierto grado de seguridad en su relación y estén entonces menos propensas a ver los incidentes desencadenantes de celos como amenazas importantes. también en la sociedad hay una creciente apertura que hace que en la institución del matrimonio haya una decadencia generalizada de los celos.

Por otro lado parece que las personas con mas hermanos varones mayores mayor es la predisposición a los celos. Otros factores predisponentes son la inseguridad personal en si mismo, bajos niveles de autoestima, adicción al amor, un pobre estado físico, etc.

viernes, 9 de mayo de 2008

Conyugalia: «El perdón es fundamental»

«El perdón es fundamental»

Entrevista con el doctor Enrique Rojas:

El doctor Enrique Rojas es catedrático de Psiquiatría y autor del numerosos libros, entre otros, Los lenguajes del deseo, editado en Temas de Hoy

Publicado en http://www.alfayomega.es

¿Cómo definiría lo que es la infidelidad?

Es una experiencia de mucho sufrimiento psicológico, que significa que uno de los dos componentes de la relación conyugal tiene una relación por fuera de ese matrimonio. Es una vivencia de gran dolor que da lugar a un impacto que, en muchos casos, puede ser muy grave.

¿Qué secuelas quedan en las personas que han sufrido una infidelidad?

Principalmente, un fondo de inseguridad ante la otra persona por miedo a que vuelva a repetir algo similar. De todas maneras, la infidelidad no es de las situaciones más graves que pueden ocurrir en una crisis conyugal. Es mucho más grave la crisis conyugal por inmadurez, por monotonía, por cansancio, por apatía, por no compartir cosas juntos, por discusiones constantes… Porque, cuando hay infidelidad, si la otra persona tiene un acto de amor grande como es el perdón, esa pareja puede salir adelante, incluso con más fuerza que antes.

O sea, que no sólo se debe perdonar, sino que se puede salir reforzado de una crisis así…

El perdón es fundamental, pero el perdón significa, por un lado, «Te perdono, me perdonas»: recibir el perdón de la otra persona, y, después, me esfuerzo por olvidar. Cuando una persona dice: «Perdono, pero no olvido», eso no es casi nada. El perdón se acompaña, a corto plazo, de un esfuerzo por no recordar esas páginas negativas.

Pero tiene que haber un tiempo de duelo, al menos…

Lógicamente es un impacto fuerte que se produce con esa sensación. Pensemos hoy que, al tener la ética un componente de permisividad y de relativismo, muchas de estas cosas son divertidas, ingeniosas, sugerentes, pero tienen un aire frívolo desde fuera, que, dentro, llevan la gran dureza de una tragedia. Yo he descrito, en mi libro Los lenguajes del deseo, el síndrome de «Amaro»: el amaro es una planta labiada que tiene forma de corazón en su base, que huele muy mal y que corrige ciertas afecciones de la piel, y extrapolo esto a lo que está pasando hoy en la televisión, que es «el deseo apasionado de conocer la vida de los famosos, siempre que esté rota». Interesa la vida ajena de los famosos, pero con la condición sine qua non de que sea siempre que esté rota. El divertimento, el pasatiempo, el patio de vecindad, el Los ricos también lloran, el mecanismo de compensación… es muchas cosas.

¿Cree que el ser humano tiende a la fidelidad, o a la infidelidad?

Las dos están muy cerca. La posible infidelidad está siempre a la vuelta de la esquina, por las muchas posibilidades que tiene el ser humano hoy de salirse de la pista. La infidelidad es un concepto mental. Una persona que es fiel no se pone en situaciones de riesgo que puedan comprometer su situación conyugal. Ante la posibilidad de que ocurra algo así, uno tiene la valentía de huir. Y es un concepto mental que tiene muy poca gente en una sociedad tan divertida, tan relativista, tan permisiva…

¿Cree que también es algo de nuestros tiempos?

Creo que sí, aunque puede también que ahora suene más porque estamos en una sociedad neopagana, y el neopaganismo trae también el divertimento y la exploración en otras vías…

¿Los hombres son más infieles que las mujeres?

En general, sí, hay una tradición machista, que está herida pero no muerta. A la mujer se le sigue aplicando la ley del embudo: al hombre, la parte de arriba, el embudo ancho, se le permiten más cosas; a la mujer, la parte de abajo, se le permiten muchas menos. Y luego, por otra parte, la vida del hombre hasta ahora ha tenido mucha más relación con la economía, más independencia para funcionar… De todas formas, en el año 2002, en la Universidad Complutense, se hizo un estudio con una muestra muy amplia, con 4.000 alumnos, y el 85% decía que el primer valor en la relación afectiva con otra persona era la fidelidad.

Quedan secuelas en la persona engañada, sí, pero… ¿también en el que engaña?

Hay un coste psicológico del que ha sido infiel, que es ver un poco las consecuencias de destrozar a la otra persona. Hay un sufrimiento personal en las personas que tienen una cierta conciencia moral. Los que no tienen esa conciencia, evidentemente, no sienten nada, les parece que todo es normal, un carrusel de experiencias sin un fondo ético.

¿Cómo evitar los deseos de ser infiel?

No ponerse en situaciones de riesgo, evitar momentos en los cuales uno puede fugarse de esa fidelidad. Es difícil porque, a veces, todo empieza siendo una experiencia divertida, sugerente, refrescante…, un burbujeo de champán…, y puede acabar siendo algo trágico. Hay que evitar eso, poner una cota, no entrar al trapo.

¿Cree que puede llegar a ser una enfermedad?

Lo que pasa es que las personas que son infieles de forma recurrente lo que traducen es lo que está debajo, y debajo hay una inmadurez afectiva: un señor de 50 años puede tener una edad afectiva de un adolescente. Esto no tiene una solución fácil, porque a determinadas edades habría que hacer un trasplante de cabeza para solucionar tales problemas