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miércoles, 9 de junio de 2010

Conyugalia: El libro del matrimonio. Esa misteriosa unión

El libro del matrimonio. Esa misteriosa unión


Autor: José Pedro Manglano
Planeta. Barcelona (2010). 416 págs. 19 €.
Firmado por Juan Meseguer Velasco en Aceprensa

Fecha: 19 Mayo 2010

Durante los últimos años, han proliferado los libros con consejos prácticos para vivir un matrimonio con éxito, que sirven y gustan a mucha gente. Pero los recetarios –por muy probados que estén– también tienen su riesgo: el de encerrar algo tan complejo y personal como es una relación amorosa en una casuística agotadora.

En El libro del matrimonio, el filósofo y teólogo José Pedro Manglano ha optado por un enfoque distinto: “Esa seguridad de lo que se puede y no se puede hacer, de la respuesta aprendida de memoria, ¿no es posible que en muchos casos esculpa vidas resignadas, en lugar de espíritus libres y conscientes, capaces de contagiar y crear una nueva cultura?”.

La pregunta que plantea Manglano es un disparo en la línea de flotación de una de las sospechas más extendidas de nuestra época: ¿son compatibles el matrimonio y la libertad?; ¿es bueno el matrimonio para mí o tan sólo un mal menor por el que pierdo libertad a cambio de otras compensaciones?

Creo que éste es uno de los grandes aciertos del libro. En un momento en el que la cultura actual se está preguntando “¿para qué casarse?”, no basta con ofrecer un puñado de ideas manidas. Es preciso ponerse en la piel del otro y tratar de averiguar por qué el matrimonio sigue pareciendo a tantos (casados o no) una estrecha “cárcel del amor”.

El autor ya se había planteado el dilema entre libertad y matrimonio en dos libros anteriores: Construir el amor y El amor y otras idioteces. Pero en este nuevo libro ha hecho hincapié en una perspectiva novedosa: entender el matrimonio –sobre todo, el matrimonio cristiano– como un misterio capaz de modelar vidas genuinamente libres.

Este enfoque le lleva a indagar cómo eran las cosas en el origen, conectando así con la sugerente teología del cuerpo desarrollada por Juan Pablo II. De hecho, Adán y Eva son uno de los matrimonios protagonistas de la primera parte del libro, junto a Saint-Exúpery y Consuelo, Balduino y Fabiola o Eloísa y Abelardo.

Tras realizar este esfuerzo de comprensión –“saber actuar exige previamente saber pensar”–, entonces sí, Manglano aterriza en el terreno concreto de la vida matrimonial con diagnósticos y terapias sugerentes. Otro acierto del libro es el estudio histórico de las bodas, del que el autor se sirve para discernir los aspectos esenciales del matrimonio de los que no lo son.

martes, 20 de abril de 2010

Conyugalia: Dar las gracias trae recompensas para todos

Dar las "gracias" trae recompensas para todos

Escrito por Magdalena Subercaseaux

Viernes, 16 de Abril de 2010 14:00

Un estudio halla que expresar gratitud beneficia tanto a quien las da como a quien las recibe

Para los que no se sienten satisfechos con un amigo o su pareja, dar las gracias podría mejorar su actitud hacia la relación, según halla un estudio reciente.

Resulta que mostrar gratitud no sólo es bueno para quien la recibe. Fortalece la relación porque hace que la persona que da las gracias se sienta más responsable del bienestar de su pareja.

Aunque una investigación anterior sobre la gratitud encontró que dar las gracias fortalece la relación al aumentar la satisfacción con la misma, este nuevo estudio, publicado recientemente en línea en Psychological Science, analiza el efecto de mostrar gratitud en el contexto de lo que los psicólogos llaman "sentimiento comunal", el grado de responsabilidad que una pareja o amigo siente hacia el otro.

La gratitud, cuando se expresa, mejora ese sentimiento comunal, de acuerdo con el autor principal del estudio Nathaniel Lambert, investigador asociado de la Universidad Estatal de Florida en Tallahassee. El hallazgo tiene sentido porque "cuando usted manifiesta su gratitud a alguien, se centra en las cosas buenas que ha hecho esa persona por usted", señaló "Esto hace que vea a las personas desde una perspectiva más positiva y lo ayuda a centrarse en los atributos buenos".

Lambert y su equipo de investigación probaron la idea de que mostrar gratitud ayuda a fortalecer las relaciones mediante tres estudios distintos.En un grupo de estudio, 137 estudiantes universitarios completaron una encuesta sobre la frecuencia con que mostraban su gratitud hacia un amigo o su pareja. Los resultados demostraron que la gratitud se relaciona de manera positiva con la percepción personal de este sentimiento "comunal".

"La persona que daba las gracias percibía que la relación era más comunal, consideraba que la persona era merecedora de que se hicieran sacrificios por ella, de hacer más esfuerzos para ayudarla", explicó Lambert.

Aunque los estudios sólo analizaron a las personas que demostraron gratitud, Lambert especula que "las personas que reciben las palabras de agradecimiento sienten a menudo la necesidad de hacer lo mismo. También quieren mostrar su gratitud. Esto se puede convertir en una especie de espiral ascendente".

Dar las gracias podría ser todo lo que necesita una relación que se torna difícil, dijo. "Actualmente, en las relaciones las personas se centran con frecuencia en lo que la otra no hace por ellas. Ese es uno de los aspectos más maravillosos de la gratitud. Puede cambiar potencialmente la trayectoria de un enfoque negativo de la relación a uno más positivo".

Los investigadores documentaron una "forma sencilla de fortalecer las relaciones y que a menudo se pasa por alto", explicó. "Mostrar gratitud fortalece las relaciones y une a las personas en redes de obligaciones recíprocas".

Una debilidad del estudio, señaló, es que los participantes eran estudiantes universitarios, pero eso es algo típico en muchas investigaciones. Además, participaron más mujeres que hombres, y eso pudo afectar los resultados. "Los estudios han demostrado que los hombres son más renuentes a dar las gracias", agregó.

Aún así, los que deseen desarrollar el hábito de la gratitud pueden hacerlo "dando las gracias y haciéndolo de manera regular" señaló el autor del estudio. "Incluso aunque no lo sienta así, la investigación demuestra de manera sólida que dar las gracias puede conducir a la emoción".

Fuente: HealthDay, traducido por Hispanicare

lunes, 4 de agosto de 2008

Conyugalia: Gabriela Domingo, delegada de la Asociación Abogados de Familia: «Soy de las últimas románticas que creo en el amor eterno»

Gabriela Domingo, delegada de la Asociación Abogados de Familia: «Soy de las últimas románticas que creo en el amor eterno»

Tiene 44 años, lleva 17 casada y presume de tres hijos / Odia las aglomeraciones / Asegura que la clave de una relación está en el equilibrio / Se evade cosiendo/ Se niega a ser abogada del diablo / No perdona la siesta

01.08.2008 - UNA ENTREVISTA DE ALMUDENA NOGUÉS

LA GRANIZADA. Diario SUR (Málaga)

ENTRE PAPELES. Gabriela Domingo se confiesa una apasionada de su trabajo, en el que lleva 21 años. / YOLANDA MONTIEL

Tiene todo el despacho lleno de Post- it de colores. Intuyo que es una persona muy metódica.

(Risas). Es que en esta profesión no hay más remedio que ser ordenado, si no imagínese. Para mí la agenda es un elemento inseparable, forma parte de mí. Tengo que controlar muchas cosas: citas, señalamientos judiciales, vencimientos... Yo cuando voy al médico me mira la agenda. Entonces me dice: 'vamos mal'.

¿Eso es malo para la salud!

Sí, sí. El me mira la agenda y me dice: 'Gabriela, así no puedes seguir'.


¿Y nunca ha sentido necesidad de echar el freno de mano?

¿Sabe lo que pasa? Que este trabajo engancha mucho. A mi me apasiona lo que hago, entonces me entrego mucho. Es lo que ocurre con la mayoría de profesiones libres. O das el 100% o mejor que te dediques a otra cosa.

¿Con qué casos se siente más en su salsa?

¿Uy!, no. Diga más bien con qué casos sufro menos. Hay temas bonitos, porque ves que estás luchando por cosas buenas. Pero después hay asuntos muy duros con los que lo paso muy mal, como los de menores.

¿Y uno no aprende a hacerse un caparazón?

Pues mire, yo llevo 21 años en esto y aún no me lo he hecho. Hay temas más fríos, más económicos. Pero en esta profesión es difícil no llevarte el trabajo a cuestas. Sobre todo en cuestiones de familias, con una fuerte carga emocional que te marca mucho. Mire, tanto es así que hace poco estaba pensando en un cliente y le dije a mi marido '¿a dónde vas Bartolo?' (Risas) Y claro él me espetó '¿quién es Bartolo?' Eso sí, aprendes mucho de la naturaleza humana al conocer a la persona en los momentos más duros de su vida.

¿Qué ha pasado con las familias? Los hogares se han convertido en campos de batalla.

Yo creo que la gente no se da cuenta de que la familia es el mejor patrimonio que uno tiene. Es de las cosas que más merecen la pena en esta vida. No hay que tirar la toalla a la primera de cambio.

Ese es el problema, que ya poca gente está dispuesta a aguantar. ¿Se acabó eso de en lo bueno y en lo malo?

Es eso, que se tira muy rápido la toalla, y eso es una equivocación. Hay mucha falta de compromiso, de madurez al enfrentarse a las relaciones, hay mucho egoísmo. Estamos en una sociedad de usar y tirar, del aquí te pillo aquí te mato. No se trata de aguantar, sino de asumir que hay días malos, que las cosas no son perfectas. A veces nos hacemos la falsa idea de que ante un problema o una dificultad una relación nueva puede solucionarlo todo. Y no es así.

Lo de una mancha de mora con otra se quita...

Sí. Pero la vida está llena de obstáculos y se trata de sobrellevarse, de luchar por algo con entusiasmo. Pese a todo, sí que hay mucha parejas que duran, matrimonios que afrontan las dificultades y tirar para adelante.

¿Y usted es de las románticas que creen en el amor para toda la vida?

¿Yo sí! Soy de las últimas románticas. Además, lo estoy viviendo y lucho por ello. Llevo 17 años casada, tengo tres hijos y por suerte somos una familia unida.

¿Por qué hay tantas casa dominadas por la violencia?

Porque vivimos en una sociedad con mucha violencia, y esa violencia llega a todos los rincones: a los colegios, a los trabajos, a las familias... La agresividad se nota en el trato, entre los hijos, con los padres, con nuestros mayores... Son temas muy duros que se ven en los despachos de cada uno de los cien compañeros que integramos la asociación de abogados de familia en Málaga. Por ello, para dedicarse a esto hay que tener una sensibilidad especial.


Por cierto, y cambiando a un tema más amable, ¿algún caso anecdótico que le haya marcado?

Aquí vemos cosas muy curiosas. Yo me río de los culebrones. Se quedan en mantilla. Aquí llegan historias tan rocambolescas que rozan el surrealismo. Hay personas que se casan por el miedo a confesar que están con otra y a los meses se separan. Parejas que nada más volver de la luna de miel dejan las maletas y se vienen a pedir el divorcio. De esos tenemos muchísimos. Hay mucha falsa expectativa de que la boda lo arregla todo.

Vaya, que están curados de espanto.

Totalmente. Después me acuerdo de un hombre que le dijo a la mujer que ella se podía quedar con todo, siempre que le dejara la videoconsola.

¿No sin mi videoconsola!

Sí, sí. De eso hay mucho. Peleas por una figura, por unas cortinas. Hay veces que no se ha firmado el convenio por unas cortinas y se ha ido a la parte contenciosa. La gente al final discute por tonterías.

¿Increíble!

Y matrimonios que rompen y luego vienen a firmar el divorcio al despacho con sus nuevas parejas, los cuatro juntos. Recuerdo el caso de dos hombres, pareja, que vinieron porque uno se quería divorciar de la hermana de su novio, con la que llevaba un montón de años casado porque ella se quedó embarazada y no quería ser madre soltera. ¿Ah sí, sí! Y una buenísima. Una chica de 35 años que se casó con uno de 22 y a los cuatro meses llegó aquí embarazada con su madre diciendo que se quería separar porque el chico ponía la música muy alta, los vecinos protestaban y ella estaba agobiada. Y va y nos dice que le había dejado encerrado en casa y que se había venido para el despacho. Pues resulta que ni ella ni nadie de su familia se atrevían a ir a abrirle. Decían que fuéramos o yo o mi compañero.

¿Madre mía! ¿Vaya papelón!

Pero lo mejor es que llega ya el día de firmar el convenio y se presenta el muchacho con sus padres que ni siquiera sabían que su hijo estaba casado. Le tuvimos que enseñar el acta de matrimonio para que se lo creyeran.

¿Alguna vez le ha tocado ejercer de abogada del diablo?

No, porque cuando yo no estoy convencida de lo que defiendo no lo puedo llevar. En una ocasión me tocó un caso de un acusado de violación y tras oir las declaraciones de la novia llegué al convencimiento personal de que lo había hecho, por lo que le pasé el asunto a un compañero. Si no me creo lo que defiendo no transmito seguridad.

Y usted, ¿tiene muchas leyes?

Más que leyes una adquiere una serie de frases hechas, una forma de defenderse...

O sea, que su marido no puede con usted...

Pues no se crea. Él no se deja fácilmente. De todos modos, nuestra relación es muy buena. La clave está en encontrar el equilibrio. Si uno pesa más que el otro, la balanza acaba volcándose. No obstante, a veces sí me dice que tengo deformación profesional porque soy demasiado vehemente en mi defensa.

Y ahora en verano, cuando desconecta, ¿con qué disfruta?

Con mis niños, mi madre, mis hermanos, mis amigos, con las cosas de mi casa...

¿Así que es mujer de su casa?

Sí, aunque no tengo mucho tiempo. Me encanta esa faceta. Disfruto cosiendo, eso me evade mucho.

martes, 24 de junio de 2008

Conyugalia: Más allá del sí, te quiero

Más allá del sí, te quiero

Autor Aníbal Cuevas
Una lograda apología del matrimonio, sencilla, clara y, sobre todo, práctica.

Eds. Internac. Universit. 2007. ISBN: 9788484692126. 11 Euros ISBN: 9788484692126
Revisión publicada en http://www.criteriaclub.com/

Aníbal Cuevas está casado y es padre de cuatro hijos. De profesión sobrecargo de líneas aéreas, desde hace diecisiete años dedica una buena parte de su tiempo a la Orientación Familiar. Está diplomado en Orientación Familiar y ha realizado un programa de liderazgo en el IESE. Ha impartido cursos de Orientación Familiar y dictado conferencias, además de colaborar en diversos medios y escribir diariamente sobre matrimonio, familia y educación en su blog http://anibalcuevas.blogs.com/

En un país donde en índice de divorcios ha aumentado un 75 por ciento durante el pasado año, libros como Más allá del sí, te quiero se tornan imprescindibles. Buena prueba de ello es que el libro fue publicado hace apenas un mes y ya está a la venta la 2ª edición.
Para Cuevas, casado y padre de familia numerosa, el matrimonio no es un simple contrato entre un hombre y una mujer, sino una alianza que ambos establecen de manera libre y voluntaria y que les lleva a darse el uno al otro de manera incondicional. El autor reconoce que esta idea es difícil de entender para el hombre actual, acostumbrado a las relaciones basadas en los contratos y el intercambio de servicios.

Más allá del sí, te quiero se trata de un libro que anima a mirar al futuro, a elevar el listón de la autoexigencia personal y, como afirma la contraportada, a levantarse cada mañana dispuesto a vivir enamorado, alimentar el fuego del amor a lo largo del día con pequeños detalles, fomentar los deseos de volver a casa o luchar por vivir en concreto virtudes como la generosidad, la sinceridad o la fortaleza. Éstas son algunas de las propuestas, siempre regadas del más sensato sentido común, que el autor señala como medios para vivir un matrimonio feliz.

Al finalizar el libro, y a modo de epílogo, Cuevas confiesa que si la lectura del libro ha ayudado a alguna persona a mejorar su matrimonio y ser más feliz, él habrá cumplido su objetivo.

Conyugalia: Mi matrimonio en crisis... ¿Qué puedo hacer?

Mi matrimonio en crisis… ¿Qué puedo hacer?

Por Fernando del Castillo del Castillo.
Publicado en:
http://tertuliadeamigos.webcindario.com/bioetica01d.html

Desde el momento que me hice católico, no tengo, naturalmente, más historia de mis ideas religiosas que relatar. Al decir esto no quiero decir que mi entendimiento ha permanecido ocioso, o que haya dejado de pensar en temas teológicos, sino que no tengo variaciones que anotar ni he tenido angustia alguna de corazón (…)

“Tampoco me ha supuesto turbación alguna la aceptación de los artículos adicionales que no se encuentran en el credo anglicano. Algunos los creía ya, pero ninguno de ellos ha sido para mí una prueba (…) Naturalmente, estoy muy lejos de negar que cada uno de los artículos del credo, tal como los admiten católicos o protestantes, no estén envueltos en dificultades intelectuales y es patente que yo no soy capaz de resolverlas. Hay personas muy sensibles a las dificultades de la religión; yo soy tan sensible a ellas como cualquiera; pero nunca he podido ver la conexión entre percibir estas dificultades, por vivas que sean y mucho que se multipliquen, y la duda, por otra parte, sobre las doctrinas a que van inherentes. A mi entender, diez mil dificultades no hacen una duda; dificultad y duda son cantidades inconmensurables. Puede, naturalmente, haber dificultades en la demostración; pero yo hablo de dificultades intrínsecas a las doctrinas mismas o a sus relaciones con otras. Uno puede estar fastidiado por no poder resolver un problema matemático, cuya solución se le ha dado o no se le ha dado, sin dudar de que tiene solución o que una solución particular es la verdadera.” (John Henry Card. NEWMAN, Apologia pro vita sua. Cap. V: Mi estado de espíritu desde 1845, in princ.)

¿Tiene sentido empezar este tema con una cita de Newman sobre la Fe, las dificultades y la duda? Sí (y de hecho será continuo punto de referencia en nuestro estudio): la exquisita finura con que el autor matiza la diferencia esencial entre las dificultades y la duda en el asentimiento de fe, le lleva a afirmar de forma lapidaria que diez mil dificultades no hacen una duda. Una afirmación ejemplar para distinguir también entre las incomodidades y contrariedades en la vida matrimonial (normales, por otra parte) y el desamor o el fracaso dentro del matrimonio.

¡Cómo nos queríamos al principio!...

La fe que uno tiene en lo que dice otra persona no se fundamenta tanto en la evidencia de lo que afirma como en la confianza que nos inspira esa persona. Por este motivo podemos tener dudas acerca de informaciones que nos llegan y que no parecen en sí descabelladas -por ejemplo, cuando otro compañero del trabajo anuncia una subida de sueldo superior a la esperada o unas vacaciones más prolongadas-; mientras que no dudamos de lo que dice alguien digno de nuestra confianza, aunque haga afirmaciones casi increíbles (como la madre que nos dice que ha visto por la calle paseando a quien considerábamos postrado en silla de ruedas para el resto de su vida).

El amor a otra persona hace que crezca la confianza en ella. Más aún: permite que quitemos importancia a los pequeños errores que comete. Y en el caso de descubrir grandes errores, ese amor -que no ingenuidad- sabe disculparlos con excusas que salvan la intención con que actuó o al menos recuerdan sus aciertos anteriores.

En el noviazgo suele darse un primer enamoramiento bastante superficial. Sólo conforme pasa el tiempo va tomando cuerpo un amor más personal: siguen vivos los afectos sensibles, pero bajo esos rasgos físicos y de carácter que nos atraen, descubrimos a otra persona con la que empezamos a plantearnos compartir el resto de nuestra vida.

Cuando un hombre y una mujer deciden casarse (sellar ante testigos cualificados un compromiso con carta de naturaleza que los vincule de por vida), cada uno conoce que puede cruzarse en su vida otra persona cuyas características le “deslumbren”. Sin embargo, sabe también que la “esencia” de su amor no son los sentimientos -aunque sean buenos y convenientes para un amor verdaderamente humano- sino la voluntaria entrega personal.

Si estas ideas se difuminan y el matrimonio permite que su relación no llegue más allá del sentimiento, corre el riesgo de derrumbarse cuando dicho sentimiento se enfría o cuando en la vida de uno de los cónyuges se cruza otra persona que despierta un nuevo enamoramiento (sentimental).

Es entonces cuando se plantean dudas donde sólo debería haber dificultades. Y se interpretan los pequeños roces normales de la convivencia como desprecios y muestras de desamor. Y se pregunta uno si no habrá sido un error casarse. E incluso -en un alarde de “falsa humildad”- llega a considerarse incapaz de adoptar un compromiso “de por vida” con otra persona, porque comprueba que sus sentimientos son volubles (y piensa que el amor humano se reduce a sentimientos).

Y nos asalta un pensamiento melancólico que va tomando cuerpo día a día: ¡Cuánto nos queríamos al principio!...

El noviazgo (necesario) tiene un sentido

Cuando un chico y una chica se enamoran y se declaran mutuamente su amor se establece entre ambos una relación de noviazgo.

Como hemos dicho antes, al comienzo de esa relación prima el sentimiento: el aspecto físico, el modo de ser, el tono de voz, la mirada… Todo lo que vemos en el otro hace que nuestro pensamiento gire en torno a esa persona que… ¡con su sola presencia nos produce hasta escalofríos y nerviosismo!

El trato hace que ese sentimiento -sin llegar a desaparecer nunca- dé paso a un amor más profundo, que descubre detrás de esa mujer o de ese hombre a una persona: nos atrae, ¡sí!, pero -como persona- tiene su propia historia (de la que es protagonista) y deseamos que se entrelace con la nuestra (de la que somos nosotros los protagonistas)... para interpretar juntos una “película” con un “actor” y una “actriz” principales (dos protagonistas: ¡nosotros dos!)

Como el noviazgo no es todavía un compromiso definitivo, se puede dar marcha atrás en la relación. Pero como sí se orienta a un compromiso definitivo, tampoco se trata de una relación trivial: en la vida de los novios se cruzarán otras personas que les parezcan atractivas y que, sin embargo, no serán obstáculos para seguir adelante con esa relación de mutuo conocimiento. Porque en el noviazgo no sólo se da una atracción (sentimiento) entre los novios, sino que se reconoce también una declaración de amor personal (acto libre).

Por esta razón hay que orientar el noviazgo hacia el conocimiento personal de quienes se encuentran enamorados. Las manifestaciones de afecto han de existir (manifestaciones propias de la entrega en el noviazgo y no manifestaciones de amor matrimonial). Pero si el noviazgo se reduce a esas manifestaciones afectivas (aunque sean apropiadas), puede ser el preámbulo de un fracaso matrimonial, por no favorecer el conocimiento entre los novios.

Nos hemos casado. Y ahora… ¿qué?

La libertad humana es tan grande que un hombre y una mujer pueden comprometerse de por vida el uno con el otro en una entrega de amor personal (con cuerpo y alma): eso es el matrimonio.

Sin embargo, no basta con esa decisión. Hay que alimentar el fuego del amor con pequeñas ramas que, día tras día, mantengan viva la hoguera. Y el primer peligro que nos encontramos es -como en cualquier relación personal prolongada- la rutina.
Esa rutina o acostumbramiento al otro lleva a abandonar los detalles pequeños que, con ilusión, tenían entre sí el hombre y la mujer cuando eran novios. La experiencia demuestra la necesidad de que ambos sigan esforzándose -cada uno- por conquistar al otro cada día dentro del matrimonio.

A ese peligro de la rutina (con manifestaciones de descuidos en el arreglo personal y de desinterés en las cosas pequeñas de la relación) se añade otro no menos importante: la falta de comunicación.

Ambos riesgos actúan como un explosivo retardado para la relación matrimonial. Fácilmente se produce, entonces, que uno de los cónyuges perciba la rutina del otro como desinterés o incluso como desprecio (y ambos van distanciándose afectivamente, casi sin darse cuenta, por su falta de comunicación…).

Cuando se caldea el ambiente…

La falta de comunicación entre los cónyuges desarrolla un ambiente frío. Y se da entonces la siguiente paradoja: el hogar es el lugar en el que cualquier persona se refugia para descansar de la tensión acumulada dentro del trabajo y en la calle; sin embargo… es tan dura la sensación de frío que en él encuentran los cónyuges cuando llegan a esa situación que -casi inconscientemente- empiezan a retrasar la vuelta del trabajo o a buscar la compañía de otros amigos antes de ir a casa (como un “placebo” para paliar la falta de afecto que les espera en su hogar).

Es una situación anormal. El matrimonio está “enfermo” (y tiene subidas y bajadas de “fiebre”). Entonces, sin solución de continuidad, se pasa de la “indiferencia” en el trato al “encendimiento explosivo” contra el otro.

El motivo de esos encendimientos puede ser insignificante: un retraso, el descuido de un pequeño encargo que nos han dado, la falta de atención a los detalles en la vida del otro (un aniversario que pasa “sin pena ni gloria” -con una celebración rutinaria-, un “no caer en la cuenta” de algún aspecto en el modo de vestir), etc.

Sabemos que un alfilerazo provoca que un balón de fútbol se desinfle, pero éste puede ser reparado antes de perder todo el aire. Sin embargo, si el alfilerazo se aplica a un globo hinchado (con paredes evidentemente más delgadas que el balón), el globo revienta.

De igual forma, el matrimonio “tenso” por la incomunicación (débil, como las paredes del globo hinchado) “explota” ante el alfilerazo de una pequeña contradicción. Se hacen presentes los recuerdos de agravios que cada uno iba anotando desde tiempo atrás en el interior de su alma (anotados en uno de esos rincones oscuros -sin airear- que se han ido formando en el alma por la falta de comunicación). Y afloran esos agravios en un “diálogo” que es monólogo porque ninguno busca escuchar al otro sino sólo “restregarle” tantas heridas que aún permanecen abiertas…

¡Alarma! ¡Arden las palabras!

Todos -por ser personas humanas- tenemos pasiones. Y éstas no son buenas ni malas. Sólo llegarán a serlo según la orientación libre que les demos. Cuando la pasión nos domina, en cualquier caso, el resultado de lo que hacemos es siempre negativo (tanto si se trata de una pasión “positiva” como la alegría -que degenera en euforia- como si es “negativa” -caso de la tristeza que lleva a la desesperanza-).

Si el rencor acumulado hasta que estalla la discusión enciende la ira, la lengua se suelta y ambos cónyuges se dicen cosas que jamás afirmarían en una situación de serenidad.

Al descubrir esto, cualquiera de ellos que lo haga debe “rehuir el envite” y evitar la confrontación. Aunque sea ausentándose físicamente por unos momentos (quizá horas), retirándose a otra habitación. Y debe hacerlo porque cualquier frase pronunciada en esas circunstancias de iracundia resultará hiriente, mordaz, irónica… y destrozará más aún la poca “vida” que le queda a un amor conyugal “enfermo” que en esos momentos se encuentra en la “UVI”.

Habitualmente, ambos reconocen que en algo han fallado (aunque piensen que la mayor parte de la culpa la tiene el otro: “que no me comprende” o “que no corresponde como debe a tanto sacrificio como hago por él/ella”). Por eso, a esas situaciones de máxima tensión suelen seguir periodos de silencio sólo interrumpidos por frases cortas (no hirientes, pero sí secas: que hacen también daño porque manifiestan una aparente frialdad a pesar de lo ocurrido). Y todo a la espera de que “el otro se dé cuenta” por fin de su error y pida perdón…

Ha pasado la “tormenta” pero no el peligro de hundimiento. El paso del tiempo no cura nada en estos casos. Lo más que puede es permitir que la “herida” cierre en falso (“herida” que sigue infectada y que -al crecer la infección- sigue produciendo molestias y dolor… ¡hasta abrirse de nuevo con cualquier roce!)

Volverá una nueva “tormenta” (quizá más fuerte y de peores consecuencias que la anterior) cuando llegue el momento oportuno. Si no se pone remedio…

Lucha en positivo: -"¡Te quiero!" (díselo…)

Hay que aprovechar el periodo de silencio (posterior a la “tormenta”) para tomar decisiones positivas. Cuando se ha apagado el acaloramiento de la discusión y el encendimiento interior (es decir, el apasionamiento contra el otro) podemos volver a hablar:

¿Cuánto tiempo hace que no has dicho a tu mujer que la quieres? ¿Cuánto llevas sin decir a tu marido que desearías “comértelo a besos”, que no existe en el mundo ningún hombre como él?...

«¡Amor mío, te quiero mucho! Perdóname todo lo que te dije en esa discusión. Soy un tonto. Estaba “encendido” y no me daba cuenta de lo que decía. Te quiero con toda mi alma. Eres la mujer de mi vida y te necesito. Pero soy como un niño chico: necesito que me perdones, que me comprendas y que me ayudes. ¡Te quiero tanto!... Querría volver a enamorarte como cuando éramos novios. Pero ya no somos novios: nos hemos entregado libremente de por vida. Por eso no puedo imaginar mi vida al margen de ti.

»Soy débil. Pero el orgullo me ha llevado a esconder esa “debilidad” y a mostrarme autosuficiente. Quiero pedirte que hablemos más. Deseo que conozcas siempre cuáles son mis sentimientos. Quiero manifestarte el amor que te tengo. Si alguna vez no lo hago… piensa que es por orgullo, que es el niño tonto y caprichoso que llevo dentro quien actúa, y no yo. Porque yo -recuerda en los momentos difíciles lo que estoy diciéndote ahora- te amo con toda la capacidad de amar a una mujer que Dios mismo ha puesto en mi corazón.»

(Puede ser éste un modelo de diálogo. Ninguna mujer enamorada permanecerá insensible ante esa declaración humilde y sincera. Tampoco ningún hombre, si la mujer manifiesta sentimientos semejantes).

El amor no vive “del aire”. Los amigos que no se ven, que no muestran con hechos -o al menos con palabras- su amistad, saben que ésta acabará desapareciendo. Por eso procuran salvar las distancias si se encuentran lejos: mediante el teléfono o escribiéndose (como aquél que, de forma -eso sí- un tanto cursi, tranquilizaba al amigo a quien no veía desde años atrás, escribiéndole: «No te preocupes: la amistad que nos une es más grande que la distancia que nos separa»). Y cuando están cerca necesitan manifestarse de alguna forma (quedando y hablando) el afecto propio de la amistad.

En el amor entre un hombre y una mujer (el enamoramiento o el eros) sucede algo parecido, pues al fin y al cabo es otro tipo de amor humano. Por eso, en el matrimonio, cada cónyuge -aunque convivan bajo el mismo techo y duerman en el mismo lecho- necesita también decir “te quiero” y escuchar “te quiero”. Y no es excusa pensar: “¡ya lo sabe!”, porque para avivar el amor no basta con saber que es así: hay que percibir, sentir, escuchar que es así. Esta es la lucha positiva que salvará el amor (y aun lo acrecentará) en momentos de crisis: las muestras frecuentes de cariño.

Y cuando resulte costoso mostrar el afecto -porque la relación atraviesa un momento difícil-, debo recordar que esa mujer (o ese hombre) no es sólo una persona que me atrae: sino alguien que libremente quiso embarcarse en la aventura de compartir toda su vida conmigo, entregándose a mí… (No sólo Dios, también otras personas que asistieron a nuestro matrimonio son testigos cualificados que pueden ayudarme a avivar ese recuerdo cuando mi mente se “oscurezca”…). Así evitaremos que las pequeñas dificultades se conviertan en un obstáculo insuperable: porque, cuando hay amor, diez mil roces no constituyen una ofensa, diez mil contrariedades no equivalen a un fracaso, diez mil pequeños descuidos no hacen un desprecio...

jueves, 5 de junio de 2008

Conyugalia: Los celos (I)

LOS CELOS (I)

En los últimos años parece que cada vez se da un índice desmesurado de separaciones y crisis conyugales, una de las causas mas problemáticas y para las que las parejas buscan soluciones en los profesionales de la terapia conyugal son los celos.

Publicado en http://personales.com/espana/madrid/apsired/celos.htm

1.- Introducción

Los celos son una respuesta a lo que se percibe como una amenaza que se cierne sobre una relación considerada valiosa o sobre su calidad. Es una respuesta compleja que tiene componentes internos y externos.

El componente interno de los celos incluye emociones, pensamientos y síntomas físicos que a menudo no son visibles para el mundo externo.

Las emociones asociadas con los celos pueden incluir dolor, ira, rabia, tristeza, miedo, pena y humillación.

Los pensamientos asociados con los celos pueden ser de los siguientes tipos:

Resentimiento ("¿Cómo pudiste haberme mentido así?")

Auto incriminación (¿Cómo pude haber sido tan ciego, tan estúpido, tan confiado"?)

Comparación con el rival ("No soy tan atractiva, seductora, inteligente")

Preocupación por la propia imagen ante los demás ("todo el mundo se reirá de mi.

Auto conmiseración ("estoy completamente sola, nadie me ama).

Posesividad

Pensamientos de venganza.

Entre las respuestas fisiológicas se encuentran aquellas que son típicas de trastornos de ansiedad.

El componente externo es más claramente visible para el mundo externo y se expresa en distintos tipos de comportamientos: hablar abiertamente del problema, gritar, llorar, usar el humor, tomar represalias, dejar a la otra persona o recurrir a la violencia.

La respuesta celosa se desencadena cuando se percibe una amenaza a una relación. La amenaza puede ser real o imaginada, del mismo modo que la relación misma puede ser real o imaginada.

Es una respuesta compleja que tiene diferentes componentes según la percepción de cada persona:

Temor a ser abandonado

Desprestigio

Traición de la confianza depositada en otra persona

Competitividad con el adversario

Envidia.

2.- Celos y envidia

Mucha gente tiende a confundir celos con envidia pero es hora de hacer distinciones. Por lo general la envidia involucra a dos personas, la persona envidiosa quiere algo que le pertenece a otra persona y no quiere que esa otra persona lo tenga. La envidia esta conectada con el no tener.

Los celos sin embargo involucran a 3 personas y la persona afectada esta respondiendo a lo que percibe como una amenaza que un tercero representa para una relación que ella considera como valiosa. Esto ultimo es valido aun en el caso de que el tercero solo exista en la imaginación de la persona celosa. Los celos están conectados con el no tener.

Una persona puede tener celos porque su pareja puede estar teniendo un amorío con su mejor amigo/a, y al mismo tiempo sienta envidia del éxito que su amigo/a tiene con la pareja

3.- Celos normales y anormales

¿Son los celos una locura?. Parece ser que los celos merodean la zona gris que se extiende entre la salud mental y la locura. Algunas reacciones a los celos son tan naturales que una persona que no las demuestre parece en cierta forma "no normal". Una persona que cuya pareja le informe que le deja por otra pareja no puede responder "que maravilloso para ti querida".

Sin embargo otras reacciones son tan excesivas que pueden ser patológicas (espiar a la pareja, consultar su agenda, interceptar su teléfono, buscar manchas en su ropa interior) y a veces estas son tan exageradas que ni la fidelidad a ultranza de la pareja hace desaparecer la respuesta..

La Psicología clínica considera que ambos casos de respuesta son patológicas. Los celos normales tienen como base una amenaza real a la relación, pero los delirantes, persisten incluso a pesar de la ausencia de cualquier amenaza real o incluso probable.

A la distinción entre amenaza real e imaginaria se suele agregar otra distinción entre la reacción adecuada o normal y la reacción inadecuada o anormal.

Otra distinción es que los celos normales son una reacción defensiva que incluso puede salvar una relación de pareja, mientras que los anormales son una obsesión destructiva que daña a las personas y a su relación.

En resumen cabe decir que la mayoría de las personas "normales" sienten celos cuando una amenaza se cierne sobre una relación que valoran. Sin embargo la mayoría de los celos anormales no están relacionados con una amenaza real a una relación valorada sino con algún disparador interno del individuo celoso y además en este caso la reacción de celos resulta dramáticamente exagerada o violenta.

Predisposición a los celos

Los celos suelen ser el resultado de una interacción entre una cierta predisposición y un acontecimiento preciso que actúa como desencadenante. Por eso cabe decir que una cierta predisposición celosa puede no expresarse nunca si no ocurre un acontecimiento desencadenante.

En general la predisposición a los celos depende de varios factores:

La cultura en la que estamos inmersos

Nuestro contexto familiar, así por ejemplo un hombre cuya madre fue infiel puede tener cierta predisposición, o una niña que creció a la sombra de una hermana mas bonita o inteligente también puede ser mas celosa a priori.

Nuestras experiencias en las relaciones intimas y si esas relaciones han sido traicionadas en alguna ocasión.

En general hay una serie de situaciones que pueden desencadenar una respuesta de celos (una aventura de una noche, un abandono a mitad de una fiesta, una pareja antigua que reaparece, etc) pero en general parece que aquellas situaciones donde un componente de la pareja anuncia que se ha enamorado de otra persona y piensa abandonarla desencadena la mayor respuesta y la mayoría de las veces acaba en ruptura de la pareja.

En general parece que los celos con la edad van atenuándose quizás porque los individuos aprenden estrategias para hacerles frente y es posible que eviten relaciones en las que resulte probable que se puedan desencadenar. también es posible que con el paso del tiempo la mayoría de las parejas desarrollen un cierto grado de seguridad en su relación y estén entonces menos propensas a ver los incidentes desencadenantes de celos como amenazas importantes. también en la sociedad hay una creciente apertura que hace que en la institución del matrimonio haya una decadencia generalizada de los celos.

Por otro lado parece que las personas con mas hermanos varones mayores mayor es la predisposición a los celos. Otros factores predisponentes son la inseguridad personal en si mismo, bajos niveles de autoestima, adicción al amor, un pobre estado físico, etc.