domingo, 23 de marzo de 2008

Conyugalia: Nuevas Terapias, remedios "caseros" y consejos profesionales

Nuevas terapias, remedios ‘caseros’ y consejos profesionales

Resuelve tus conflictos conyugales

En http://mujer.terra.es/muj/articulo/html/mu212484.htm

Si os encontráis en un laberinto de conflictos del cual no sabéis salir, antes de rendiros y atajar por el camino de la separación, os mostramos una serie de terapias diferentes que os iluminarán para hallar la solución a esos problemas que no os dejan avanzar.

Según las estadísticas, los casados viven más y con mayor calidad de vida…, si no hay conflictos conyugales. Los problemas familiares potencian ciertas enfermedades mentales como la depresión o la violencia; debilitan el sistema inmunológico y cardiovascular; hasta, incluso, son causa de numerosos accidentes, tanto caseros como de tráfico. Además, afectan al comportamiento de los hijos.

Si aún existe el amor entre vosotros, y no queréis acabar con vuestra salud y la de toda vuestra familia, la solución pasa por buscar el método más adecuado para sacar a flote la relación, recuperando el esplendor de tiempos pasados.

Cuando no basta el amor

Ni sois los primeros ni los últimos que estáis atravesando una crisis. La convivencia provoca roces entre ambas partes. Pero cuando estos roces son continuos y generan falta de comunicación o posiciones distantes, es cuando se puede hablar de un problema de pareja.

Podemos estar tentados de disfrazar esta situación bajo la justificación habitual del estrés provocado por jornadas laborales interminables, el trabajo en casa o la presión del cuidado y educación de los hijos. Pero, a veces, simplemente es una cuestión no saber querer.

La capacidad de comunicarse para superar las dificultades diarias se convierte en el pilar de cualquier convivencia. Pero, ¿cómo conseguir un diálogo fluido cuando un muro de incomunicación os separa?

No existe una receta mágica para resolver los conflictos conyugales, pero sí distintos métodos que os pueden ayudar. Aquí te mostramos algunos de ellos.

Si los problemas no afectan a los pilares de la relación, podéis resolverlo dando estos pasos

Remedios 'de andar por casa'

Si después de tantos años de convivencia seguís sin entenderos; si antes las discusiones eran meros episodios pero ahora se están convirtiendo en una auténtica novela por entregas. Paraos un momento a analizar qué está pasando. Estos incidentes y diferencias, aunque últimamente sean algo habitual en vuestras vidas, no tienen por qué significar que vuestra relación esté haciendo aguas. Muchas parejas atraviesan periodos de conflicto sano que potencian la relación.

Si los problemas no afectan a los pilares de la convivencia, como el amor o el respeto, cualquier pareja tiene en su mano los suficientes recursos para poder resolverlos. Para ello hay que seguir los siguientes pasos:

1. Reconocer el problema. En general, los conflictos conyugales se desarrollan en cuatro áreas diferentes: el poder, la intimidad, la sexualidad y la comunicación. Identificar dónde se están produciendo vuestras desavenencias será la clave para poder llegar a un consenso.

2. Intención de resolver el problema. Para que esta terapia doméstica obtenga buen resultado, ambos tenéis que tener predisposición e interés por resolver lo que os está perturbando la convivencia.

3. Aprender a negociar. La principal herramienta para la resolución de conflictos es la comunicación. Si en principio ésta es poco fluida, podéis anotar en un papel lo que os molesta, argumentando vuestros razonamientos. Tomaos un tiempo para analizar el punto de vista del otro. Ahora sólo queda realizar el esfuerzo del acercamiento. Recordad que todos somos distintos y que los conflictos se producen por ideas incompatibles sobre un mismo tema. La clave está en el consenso y la negociación.

Lo que se debe evitar: menospreciar el trabajo del cónyuge, descalificar las opiniones contrarias, sacar a colación discrepancias o malas actuaciones del pasado, criticar o burlarse de los sentimientos de la pareja.

Literatura de apoyo

¿Como puedo entenderte? Claves para recuperar la comunicación en la pareja. Terrence Real, prólogo de Antonio Bolinches. Ediciones Urano
Prevención de los conflictos de pareja. Aproximación profunda y accesible a las dinámicas y conflictos de la relación en pareja. José Díaz Morfa. Editorial Desclee De Brouwer.
¿Hacemos las paces? Una forma eficaz de resolver conflictos. Laura García. Ediciones Temas de Hoy.
Con el amor no basta. Cómo superar malentendidos, resolver conflictos y enfrentarse a los problemas de la pareja. Aaron T. Beck. Editorial Paidos

La figura del mediador

Si no podéis llegar a un acuerdo por vuestros propios medios, lo mejor es que solicitéis la ayuda de un experto. Es la última oportunidad que tenéis para poder salvar la relación.

Quizá os pueda asustar la idea de que alguien ajeno pueda inmiscuirse en vuestros problemas, pero él simplemente os orientará sobre la forma de modificar vuestra conducta negativa mediante técnicas de suplantación de percepciones y mejora en la comunicación. Para que os resulte algo menos violento, lo podéis considerar, simplemente, como árbitro imparcial entre dos partes enfrentadas.

El mediador os diseñará un proceso a medida de reeducación, indagando entre las distintas opciones, para seleccionar aquellas que os ayuden a facilitar el diálogo, evitando generar malos entendidos.

El resultado dependerá del momento en que os encontréis y la predisposición a solucionarlo. Si el conflicto es alto pero existe un deseo por ambas partes de solucionarlo, el mediador os enseñará el camino para hacerlo. Pero si la relación ha degenerado en exceso, será muy difícil que el experto consiga llegar a un consenso apto sobre el que cimentar el futuro de la pareja.

Perfil de un buen mediador

Médico especialista en Terapia Conyugal, Psicólogo, Experto en relaciones interpersonales, habilidades de comunicación, manejo del conflicto, técnicas de negociación y solución de problemas. Pero también, originalidad, actitud conciliadora, autocontrol, sentido del humor y espontaneidad. Y no estaría de más que tuviera ciertos conocimientos sobre derechos de pareja.

Los resultados en número. Alrededor del 85% de las parejas que acuden a terapia, informan de una mejora en la satisfacción matrimonial.


Conyugalia: La desconfianza

LA DESCONFIANZA

Este elemento puede minar las bases del matrimonio.

Aquilino Polaino-Lorente; en http://www.hacerfamilia.net [Revista Nº 53]


El lado humano de la desconfianza

La desconfianza admite muchos grados, por lo que no podemos hablar de ella en términos de "todo o nada". Hay numerosos contenidos -acaso demasiados en la vida conyugal- que, sin duda alguna, pueden ser objeto de desconfianza.

Así, por ejemplo, una esposa puede desconfiar de su marido, en lo que respecta al tema afectivo -especialmente, en lo que se refiere al modo como éste le comunica sus sentimientos-, y ser muy confiada, en cambio, en lo relativo al uso del dinero.

Un esposo, en cambio, puede confiar en su mujer en todo lo relativo a los temas profesionales y, tal vez, ser un poquito desconfiado o suspicaz en lo que se refiere al ámbito sentimental y, en consecuencia, no abrirse por completo a ella, "no sea que -eso piensa él- al manifestarle todo lo que se acuna en su corazón, su mujer le tenga todavía más controlado".

Recordemos, en este punto, lo que manifestaba aquel esposo en una sesión de terapia:

-"¿Decirle un marido a su mujer todo lo que siente por ella...? Eso nunca, jamás. Mire usted: entrega sí; entreguismos no".

Actitudes como esta, a la que se acaba de hacer referencia, suelen comenzar ya en el noviazgo y, luego, no hay quién las cambie. Acaso porque se consolidan y llegan a formar parte de ese "humus" cultural y ancestral que, inadvertidamente, constituyen un poso, consistente y estable, en la intimidad de la persona.

Desconfianza y satisfacción conyugal

En principio, las mutuas suspicacias y/o desconfianzas no constituyen manifestaciones estrictamente psicopatológicas, sino que más bien son los efectos, las consecuencias que debieran ser atribuidas a ciertas variables actitudinales, disposicionales, de la educación, etcétera.

Sería conveniente por eso que, a propósito de la desconfianza, distinguiéramos entre sus diversos contenidos. No tiene la misma incidencia en la satisfacción de la pareja el que uno o ambos cónyuges desconfíe del otro en temas de tipo político, religioso, afectivo o en lo que respecta a sus fidelidades respectivas y/o la educación de los hijos.

En el fondo, las actitudes de desconfianza son tan antiguas como el mismo hombre. Si, por ejemplo, estudiáramos las relaciones entre el hombre y Dios, en lo que atañe a la confianza, se observaría que prácticamente todos los hombres han sido, son y serán más o menos desconfiados con respecto a Dios. Por eso es relativamente comprensible la desconfianza conyugal, con independencia de que sea muy intenso y radical el amor que une a los cónyuges.

Es muy conveniente -también aquí-, no escandalizarse de nada, ni siquiera cuando la desconfianza emerge, se pone de manifiesto, y amenaza con anegar la fluidez, espontaneidad y naturalidad de las relaciones conyugales. Así es la condición humana.

Pero es muy conveniente dilucidar, entonces, si la desconfianza es normal o patológica, si afecta o no al núcleo mismo del compromiso conyugal, si está relativamente puesta en razón o no, si puede atenuarse a través de algún sencillo procedimiento. Es decir, hay que ocuparse de la desconfianza, antes de que ésta se mude en suspicacia, recelo o/y resentimiento.

De la desconfianza a la incomunicación

La desconfianza genera incomunicación. ¿Por qué? Porque aquello en que la confianza se restringe o limita no se participa ni comunica al otro. Lo que no se ha comunicado deviene luego en un "secreto", en una barrera que diferencia y separa, algo en lo que, obviamente, se discrepa con harta probabilidad. Lo que sirve a la discrepancia, contribuye a la desunión.

En cuanto aparece la desconfianza respecto de ciertos temas, suele rehusarse hablar de ellos. De este modo, hay conversaciones que a toda costa se escamotearán y evitarán. Todo lo cual incomunica, separa, desune y aisla.

Terapia conyugal de la desconfianza

Ante la desconfianza conyugal, hay que ser muy prudentes. Hay psicoterapeutas, muy intervencionistas, que apenas identifican una "bolsa" de desconfianza entre los cónyuges, por medio de su palabra, entran en ella como una perforadora, y tal vez acaben por destrozar ese matrimonio, hasta ese momento compensado aunque un tanto maltrecho.

Si no se actúa con mucha prudencia -tanteando, volviendo atrás, corrigiendo, cambiando, animando, abriendo nuevas expectativas y posibilidades-, el afrontamiento terapéutico de la desconfianza puede arruinar de forma definitiva, las relaciones conyugales.

Así, por ejemplo, que un tercero -el terapeuta- descubra a un marido que su mujer desconfía de él en lo económico, tal vez condicione el que éste monte en cólera y le retire su confianza en otros numerosos ámbitos de sus relaciones.

De otro lado, puede pensar que se ha producido una nueva alianza entre su mujer y el terapeuta: una alianza contra él. Por lo que se dedicará a sabotear las siguientes sesiones de psicoterapia y, al fin, ésta no servirá para nada. Más probable todavía es que el esposo no comparezca nunca más en la consulta. Por todo ello, hay que ser muy cautos aunque, cuanto mayor sea la confianza entre los cónyuges, tanto mejor.

Esto último, obviamente, no es fácil. Hay numerosas y diversas circunstancias que explican las naturales dificultades que encuentran los cónyuges para comunicarse y compartir sus vidas en un contexto presidido por la confianza. Entre ellas, porque no todos se conocen a sí mismos como debieran -y si no se tienen a ellos mismos por el conocimiento personal, no se podrán dar al otro-; porque no siempre el cónyuge sabe lo que el otro quiere -y, en consecuencia, no acierta a comunicarse con él, tal y como el otro desea-; y, por último, porque cada persona dispone de tal riqueza en su interioridad, que no toda ella es comunicable y compartible. Es decir, no disponemos del vocabulario, que sería necesario, para trasladarla al otro, en toda su prístina singularidad.

Esto no debiera causar extrañezas en el otro y, mucho menos, generar en él una cierta desconfianza. Es menester admitir -también aquí, en las relaciones conyugales- el misterio que caracteriza a la condición humana.

La prevención de la desconfianza en la comunicación conyugal

La desconfianza entre los cónyuges, qué duda cabe, puede también prevenirse. Aunque es muy conveniente identificar la causa de ella, esto no siempre es posible.

Así, por ejemplo, hay personas que sin estar enfermas, les cuesta mucho abrir su intimidad a los otros, por lo que reciben más que dan. Hasta cierto punto, podría etiquetárseles de "tomantes". Son personas que parecen estar siempre dispuestas a acoger la donación de la otra persona -cosa que aceptan de muy buen grado-, sin que apenas correspondan a ella.

En otros, su dificultad reside más bien en el estilo de educación familiar recibido. En su familia de origen no solían expresarse las emociones como hubiera sido debido y, en consecuencia, la comunicación entre ellos fue muy pobre. De aquí que ahora les cueste un especial esfuerzo comunicarse, no sepan cómo hacerlo y se azoren cuando se les hace notar sus dificultades y prolongados silencios.

Hay personas en las que la dificultad que experimentan para confiar en los demás esta entroncada en el modo cómo llevaron a cabo las primeras relaciones (el apego) con sus padres. Si éstos, por ejemplo, no confiaron en ellas ni les afirmaron en su autoestima los valores de que realmente disponían-, sino que, por el contrario, sólo les descalificaron y etiquetaron de acuerdo con los contenidos de sus defectos, es lógico que luego desconfíen de los demás.

La confiabilidad o desconfianza en los demás también tiene mucho que ver con el tipo de temperamento y el modo de ser. Esto es lo que sucede, por ejemplo, con las personas introvertidas, a las que tanto les cuesta desvelar su intimidad a no ser de forma muy excepcional con las personas en quienes confían. Pero ello, en modo alguno significa que no dispongan de profundas e intensas vivencias afectivas que, de darse en otra manera de ser, de seguro compartirían con los otros.

En otras personas, la desconfianza tiene su origen en el cálculo. Las personas calculadoras se comportan según el viejo principio romano de do ut des, "doy para que me den". Y si no le dan, ellas no se dan. En ellas la confianza es apenas el resultado de un laborioso y prolongado proceso de cálculo económico. Por eso tampoco saben amar o, por mejor decir, su amor es un amor matemático, un amor estadístico.

Cómo crece la confianza

En las líneas que siguen se sugieren algunos modos de comportamiento que pueden contribuir a aliviar estas graves amenazas a la comunicación conyugal:

La confianza con una persona no se adquiere de una vez por todas y para siempre. De ordinario, emerge según un proceso gradual, de menos a más. Por eso, es muy conveniente que entre los cónyuges haya un mínimo de comunicación, sin la que aquella es imposible.

La interioridad no se traslada, en apenas un instante y en toda su plenitud, de una a otra persona. La transferencia de un cónyuge a otro, de los contenidos que atañen a la intimidad, está amasada de pequeñas noticias, de anécdotas, pequeñeces, ilusiones, etcétera, que, más tarde se paladean y rememoran y, sobre todo, incrementan la confianza que presidirá el próximo encuentro entre ellos.

Gran parte de lo que se comunica, se comparte. Compartir es ya un buen procedimiento para aumentar la con-fianza entre los cónyuges. De igual modo, lo que no se comparte aumenta la suspicacia y el recelo.

El tejerse y destejerse de la comunicación conyugal está hecho de pequeñas y grandes confidencias, cual-quiera que fuere el contenido de éstas. Lo que en verdad aumentará la con-fianza entre ellos es esa especial facilidad para poner en común lo que de forma espontánea tenderían a reservarse cada uno para sí.

Esto en modo alguno quiere decir que, en contadas ocasiones, no haya que hacer un especial esfuerzo para decir algo. Puede ocurrir esto a propósito de la manifestación al otro de uno de sus principales defectos o del último error que ha cometido; cuando hay mucha discrepancia en las opiniones sostenidas por uno y otra en un tema importante (por ejemplo, la educación de los hijos); o de algo excepcionalmente grave que ha de comunicarse (un fracaso profesional importante).

Cómo crece la desconfianza

La suspicacia conyugal se acrece, cuando uno de los cónyuges manifiesta en público sucesos de la vida en común que aunque no sean de una especial relevancia, no obstante, pertenecen a la intimidad de uno de los cónyuges o a las relaciones habidas entre ellos.

De igual modo, la desconfianza se incrementa cuando, por ejemplo, uno de los cónyuges comenta algo al otro y le pide la natural discreción que esa información exige. Y, acaso unos días mas tarde, los contenidos comunicados son desvelados por quien, precisamente, debía haberlos custodiado.

La confianza fundamenta la cohesión familiar y vigoriza la unidad conyugal. Sin confianza no puede darse la unión entre los cónyuges y sin ésta el diálogo esponsal se desvirtúa.

No es verdad aquello que dice el refrán castellano de que "allí donde hay confianza, da asco". Y, no lo es, porque allí donde no se da la confianza se formaliza la convivencia, como si marido y mujer fueran dos extraños, lo que constituye una repugnancia natural que rutiniza las relaciones familiares y que puede llegar a extinguir o abolir la convivencia entre ellos.

sábado, 5 de enero de 2008

Conyugalia: Las 7 termitas del matrimonio

LAS 7 TERMITAS DEL MATRIMONIO

En http://www.hacerfamilia.net [Revista No. 74]

Esto es casi como un test. Para leerlo rápidamente, pensar e intentar obtener un resultado práctico. Y aunque es imposible consignar aquí esos miles de detalles perniciosos -verdaderas termitas por el silencio en que operan- que viven cotidianamente junto con el amor conyugal, la intención es dar ideas que sirvan para revisar como andamos por casa.

1 punto: El desorden
No hay peor que llegar a la casa y encontrarnos con el caos del universo reunido entre cuatro paredes. Y hay que tener claro que un hogar relajado no implica desorden. Cada cual tiene su estilo de vida, el que más le convenga, pero para que todo funcione y marido y mujer puedan vivir y relacionarse en paz es fundamental que existan una serie de normas básicas: los horarios, el orden de los juguetes, mochilas, ropa, espacios comunes y privados... El siquiatra español, Aquilino Polaino, decía que las mujeres eran unas “recojonas” porque siempre estaban recogiendo algo del suelo. ¡A mucha honra! Porque aunque parezca un trabajo menor, el orden acarrea paz y el desorden guerra. La convivencia matrimonial se deteriora si el marido llega a la casa y cree que acaba de aterrizar en el campamento de Atila, rey de los Hunos, y el índice de irritabilidad de la mujer escalará a niveles peligrosos si todo está patas arriba. ¿Qué más se necesita para una buena pelea conyugal?

2 puntos: La ley del hielo
Cualquier pareja contemporánea está aburrida de oír, leer y ver programas de TV en los que se repite la importancia de la comunicación en el matrimonio. Ya se sabe, pero, a veces, el concepto queda grande ¿tengo yo comunicación en mi matrimonio? Cualquiera sabe. Pero sí puedo detectar si estoy permitiendo que las discusiones con mi marido/mujer se traduzcan en días de silencio, en un amurramiento continuo que lo único que hace es agrandar la tontera por la que se peleó. Hay que conversar, dejar pasar un tiempo para enfriarse y volver a conversar hasta zanjar el tema. Porque por el contrario, ese silencio lleno de orgullo, sólo ahonda las diferencias y no ayuda a solucionar nada. Hay que hablar hasta recuperar el buen tono, airear la casa y dejar atrás lo que sea. Rumiar y tragar no es propio de seres con inteligencia.

3 puntos: Las ironías
Las ironías entre marido y mujer nunca son graciosos ni taquilleros. Se pretenda o no, se hiere al otro, se le humilla (especialmente si es en público) e indican que el respeto entre ambos se está resquebrajando. Son palabras concebidas para descalificar y lo consiguen, aunque se digan en broma. Por eso hay que parar a la primera: jamás permitirse una palabra grosera con el otro y si en el calor de una discusión, algo se escapó, recapacitar y pedir perdón.

Un pariente cercano de las ironías es reírse del otro en público, ridiculizarlo o directamente, criticar. Fatal, porque por mucho sentido del humor que tenga, seguro que le hace mella y va juntando un cierto sarro en el corazón que aflorará al primer desacuerdo. El pelambre, de frentón es falta de lealtad: ya se sabe que los trapos sucios se lavan en casa. Y el refrán es en serio.

4 puntos: La rutina
Se sabe que va a llegar, porque la vida cotidiana es así: días parecidos llenos de trabajo, hijos, responsabilidades, alegrías y penas. Pero hay que saber que la rutina no es algo externo: procede del interior de cada persona. La vida diaria puede ser vivida con aburrimiento o con animación, con lata arrastrada o con un cierto contento. Depende de cada uno y de los medios que se usen para sorprender al otro. Es bueno sentarse a pensar ¿qué podría hacer yo para sacar de la rutina a nuestro matrimonio? ¿qué detalle le hará la vida más agradable a mi cónyuge, renovando sus fuerzas para seguir adelante? Obviamente no existe receta: para unos será convidar a su mujer a tomar un café el sábado por la tarde, para otros esperar al marido con una buena noticia simpática que contar. Pequeñeces que alivianan el corazón y dan brillo al cansancio del día.

5 puntos: Vidas paralelas
Los días de un matrimonio con hijos están llenos, incluso rebalsados de cosas que hay que hacer. Y entre tanta actividad se corre el riesgo de que cada uno parta para su lado. Se suman las horas, los días... y pasa el tiempo sin compartir momentos especiales, comentarios sabrosos, penas, preocupaciones y buenas noticias. Esa “separación” emocional puede llevar a la larga a que cada uno haga su vida y terminen siendo una especie de socios con una empresa común: la familia. Cada día hay que buscar momentos de encuentro sólo entre los dos, ratos para compartir o acompañarse -incluso sólo descansar viendo las noticias- en los que naturalmente surgirá la conversación en la que aparece todo lo que está en la cabeza y el corazón ese día.

6 puntos: No aceptar ser hombre y mujer
Una de las cosas más difíciles en el matrimonio es aceptar en la práctica que el matrimonio está compuesto por dos, hombre y mujer, distintos, pero complementarios. Y la parte distinta es grande. Consejos tan fáciles como “póngase en el lugar del otro” cuesta sangre, porque “el otro” tiene la cabeza y el corazón armado de distinta manera. Lo que para la mujer es obvio, para el hombre puede ser francamente opinable y viceversa. Y cuando se está de malas, el problema se acentúa. Un primer paso conciliatorio es aceptar, de verdad, que el otro es “otro” que siente y aprecia la realidad de distinta manera. A partir de ahí hay que recurrir a la mano izquierda, al dejar pasar, a la comprensión... Sabido, pero difícil de practicar, porque cada uno vive apegado a Su visión, Su opinión, Su forma de ver las cosas... Y el único remedio está en quererse en esos momentos y transigir.

7 puntos: Las expectativas
Hollywood nos juega una mala pasada: nos inunda de películas que, salvo excepciones como “Nuestro amor”, dan una idea distorsionada acerca de lo que es el amor conyugal, las relaciones sexuales, la vida familiar... Es tan irritante como que la mayoría de los niños que aparecen en las series de TV son tan racionales que se van a la cama con una simple explicación: es la hora. Cosa que la experiencia dice que es absolutamente falso. Eso trasladado al amor conyugal, hace que muchas veces se tengan falsas expectativas acerca de lo que es una relación normal entre marido y mujer: en la pantalla no envejecen, no engordan, el mal genio se soluciona con un ramo de doce rosas rojas, al marido y a la mujer les palpita el corazón incluso después de haber vivido 20 años juntos... Interminable. La vida real es mucho mejor que eso, porque es de verdad y queda para siempre. Lo bonito está, precisamente, en quererse en el cansancio, en la vejez, sin plata para rosas rojas, sin tanta falsa emoción. En las buenas y en las malas. Eso es amor de verdad, aunque Hollywood no se haya dado cuenta.

Mas información en conyugalia@hotmail.com


viernes, 14 de diciembre de 2007

Conyugalia: Claves para un matrimonio duradero

14 CLAVES PARA UN MATRIMONIO DURADERO

Fuente: www.puntomujer.emol.com

En momentos en que sólo se habla de separaciones, Florence Kaslow sostiene algo que hoy podría considerarse casi un antitema: matrimonios de larga duración y, más encima, satisfechos.

Una materia que esta psicóloga estadounidense domina no sólo en lo profesional, sino también en lo personal: lleva 50 años de feliz matrimonio.

La doctora Kaslow es fundadora de la International Family Therapy Association, presidenta actual de la International Academy of Family Psychology y del American Board of Family Psychology. En 1991, la American Association of Marriage and Family Therapy la premió por su contribución en la terapia familiar.

La investigación sobre las claves de los matrimonios duraderos, que comenzó en Estados Unidos, fue un fruto que maduró después de asistir a múltiples convenciones internacionales de expertos en terapia de pareja y familia, pertenecientes a distintas universidades.

Su trabajo fue tan novedoso, que inspiró a especialistas de Alemania, Israel, Suecia, Holanda, Sudáfrica y Chile a realizar otros similares, todos durante los últimos cinco años. "Quienes trabajamos en esto nos dimos cuenta de que nuestro esfuerzo había girado durante largo tiempo en torno a situaciones conflictivas y disfuncionales en las relaciones conyugales y familiares y que era hora de centrarnos en los aspectos saludables. Es decir, en descubrir cuáles eran los factores que influían en la satisfacción matrimonial y su mantenimiento a través de los años, tanto en las etapas de tranquilidad como en las de conflicto".

De los resultados observables en estos estudios que incluyeron a cerca de mil parejas, llama la atención lo parecidas que son las respuestas, a pesar de las diferentes culturas y religiones. Por eso, considera la psicóloga, "es tan importante transmitirlos, especialmente a los jóvenes, para que aprendan que la convivencia matrimonial requiere de esfuerzo, sacrificio y contratos claros que les permitan tener una vida de satisfacción y con herramientas para enfrentar las crisis sin temor, saliendo de ellas fortalecidos".

Factores que unen

Los estudios con matrimonios de larga duración, formados hace 25 o más años, se llevaron a cabo en los siete países, sobre la base de entrevistas. A los encuestados se les mostró una lista de más de cuarenta razones para permanecer unidos y se les pidió que escogieran las más importantes.

1.- La institución es un contrato para toda la vida: es la concepción que sobre el matrimonio tienen las casi mil parejas estudiadas.

2.- Responsabilidad por la pareja y los hijos en común, sean biológicos o adoptados. Sienten que forman parte del proyecto común y deben cuidarlos, educarlos y quererlos toda la vida.

3.- Profesar el mismo credo o tener concepciones similares del mundo. Contar con una fuerza protectora y orientadora que consolide el matrimonio significa un gran terreno ganado.

4.- Llevarse bien con la familia de origen del cónyuge. Esto, sin embargo, teniendo muy en claro que se trata de dos grupos familiares distintos y que no se puede postergar al marido o a la esposa por los padres o los suegros.

5.- Llevarse bien con los amigos de la pareja y su círculo social fortalece y enriquece la convivencia marital.

6.- Capacidad para resolver las crisis que se dan en la vida conyugal, provocadas por los cambios que se van produciendo en lo personal, en la pareja y en lo familiar es otro de los desafíos que aprenden a vencer los matrimonios de larga duración. Eso implica diálogos profundos y periódicos, revisión de las grandes directrices de la unión, capacidad para comprender al otro, muchas veces tener que ceder o transar. "Lo que estas parejas saben es que de las crisis bien resueltas salen fortalecidas, beneficiando a la familia completa". La investigación tiene otra parte: los ingredientes que debe tener la vida conyugal para que sea satisfactoria. Entre los que señalaron las parejas en estudio, destacamos ocho. Es importante señalar que cinco de los siete países donde se hizo el estudio pusieron en primer lugar "la confianza mutua", y sólo Estados Unidos y Chile colocaron "amor" encabezando la lista.

7. La confianza, según Florence Kaslow, significa "tener fe en el otro, saber que siempre será honesto, leal, fiel, alguien con quien andar juntos por la vida".

8. Respeto: es el reconocimiento de la presencia del cónyuge como tal, aceptándolo como es: "Convivo contigo siendo tú distinto".

9. Amor y capacidad para expresarlo. Los matrimonios entrevistados reconocen que este sentimiento varía en los distintos períodos. Primero es ciego (amor-pasión), después viene uno más profundo, relacionado con el proyecto común (como tener hijos) y en el que deben jerarquizarse los afectos. Por ejemplo, es natural que la mamá les dedique más tiempo a los niños que al marido, cuando son pequeños, y él tiene que entenderlo, postergándose durante esa época. "Lo que se ve en estas parejas es que se dan siempre la oportunidad del reencuentro en el que reviven su pasión".

10. Comunicación entre los cónyuges, el abrirse al diálogo fructífero en torno a sus emociones, pensamientos, desafíos, planes y temas en conflicto, es un elemento fundamental según los entrevistados.

11. Una buena capacidad para resolver sus problemas es otra herramienta matrimonial, "sabiendo escuchar al compañero e incorporándolo en las soluciones".

12. Compartir la misma concepción del mundo, valores e intereses, se considera un punto importante para la buena relación.

13. La preocupación del uno por el otro, de sus necesidades, sentimientos y felicidad, constituye un elemento central para los felizmente casados.

14. Dejarse espacio y tiempo para estar y divertirse juntos. Las parejas encuestadas señalan que les sirve para compensar las responsabilidades familiares, muchas veces estresantes y pesadas. Ponerle una gota de humor a la relación, aunque parece un ingrediente liviano, le da sazón al matrimonio.

Estos catorce factores, que permiten lograr una convivencia armónica y mantenida en el tiempo, no forman parte de una receta ni tampoco son teoría. Es la experiencia que aprendieron, espontáneamente o a costa de tropezones, caídas y recaídas, casi mil parejas de la vida real. A muchos les puede servir.

Mas información en conyugalia@hotmail.com

domingo, 25 de noviembre de 2007

Conyugalia: Terapia conyugal: ¿para unir o separar?


Terapia conyugal: ¿para unir o separar?


Publicado en El Universal de México
Lunes 30 de enero de 2007

Cuando una pareja se enfrenta a conflictos lo mejor es acudir a un terapeuta que ayudará a lograr la armonía

Cuando una pareja entra en conflictos es fácil pensar que si ni ellos mismos los pueden solucionar, mucho menos lo va hacer una persona extraña que no conoce la relación.

Esa puede ser la conclusión a la que muchas parejas lleguen y tal vez con razón, pero hay otras que como parte de sus armas para salvar la relación utilizan la terapia conyugal. Éstos son espacios donde las parejas se encuentran con el terapeuta, a través de quien llegan a identificar los problemas que aquejan a la relación y los caminos para solucionarlos.

Tres etapas fundamentales

Las terapias son encuentros en los que se desarrollan tres etapas:

Primera. La pareja descarga todas sus preocupaciones y tensiones, es un momento para desahogarse y dejar aflorar todo lo que tenían guardado.

Segunda. Se sitúa sobre la realidad, reconoce lo que le está pasando, mira el problema que existe, lo que tiene y lo que le hace falta.

Tercera. Es cuando se intentan ejecutar los cambios y decisiones que han sido determinadas a partir de las necesidades de acuerdo al problema.

Este es un proceso que se debe cumplir en pareja. En algunos casos uno de los miembros no está dispuesto a acudir a estos encuentros, por lo que los especialistas recomiendan que se dé una aproximación progresiva. Si uno de ellos no quiere, pero quien sí está decidido puede empezar por asistir solo hasta que el otro acepte. Al cabo de la segunda o tercera sesión se recomienda que ambos asistan. Es importante que juntos cumplan el proceso, pues la pareja es de dos y por lo tanto los conflictos también son de los dos.

En busca de soluciones

Cuando una pareja inicia la terapia no se puede determinar un tiempo específico en el que su situación se solucionará, tomando en cuenta que ese "solucionará" no siempre significa que se una y se ame.

Según los especialistas, las parejas llegan a la terapia con la idea de que en un tiempo determinado todo se va a arreglar y que saldrán más enamorados que nunca, pero no siempre es así.

Creen además que el terapeuta será el juez que les diga lo que tienen que hacer y que interceda en lo que no se pueden decir mutuamente.

La mayoría de parejas piensa también que para realizar los cambios evidentes, tienen que esperar a que uno de los dos cambie: "Si tú cambias, yo cambio".

Sin embargo esta no debería ser la posición. El objetivo de la terapia es hacer que los dos se ubiquen sobre su realidad y reconozcan sus propios errores para cambiarlos y que sean conscientes de su situación.

"El terapeuta no tiene la pastilla para arreglarlo todo, eso no existe, el trabajo es de la pareja para su propio beneficio", señala el especialista.

Las parejas que llegan a la terapia deben estar dispuestas a desglosar su situación y sus problemas para que los terapeutas den la pauta de cómo trabajarán en lo sucesivo.

-¿Cómo funciona la terapia?

-En la primera cita el terapeuta se informa de la situación familiar e informa a los pacientes en qué consiste el tratamiento, cómo lo desarrollarán y lo que se puede o no esperar de él, así como tiempo y costos.

Si aceptan, empiezan las sesiones que duran entre hora y hora y media una vez por semana. Los primeros resultados se observan después de 4 sesiones; aunque en el segundo o tercer encuentro el especialista puede hacer un balance; así se vislumbran dos caminos: continuar o terminar la terapia. A partir de la cuarta sesión las sesiones se hacen quincenales.

-¿Para qué sirven estas terapias?

1. Para asumir la realidad, lo que le está pasando y su parte de responsabilidad en ello.

2. Para hacer un inventario de lo que individualmente y como pareja, se tiene o hace falta, para determinar los temas pendientes.

3. Para tomar decisiones y crecer como pareja.

4. Para aliviar la falta de armonía y aprender a llegar a acuerdos

5. Mejorar su comunicación, afectividad e intimidad, así como negociar espacios.

- ¿De qué se puede hablar?

-De todos, desde sexualidad hasta de cómo involucrarse en las tareas domesticas, en la educación de los hijos o en el manejar el dinero dentro del hogar.

-¿Cuándo se debe buscar ayuda?

- Las parejas deberían recurrir a una asesoría incluso antes de casarse, para tener una idea de lo que van a vivir y sepan cómo enfrentarlo. Si esto no es posible es recomendable que si ya están casados acudan cada seis meses aún cuando no existan conflictos, más por cuestión de oxigenación puesto que no les vendrá mal.

En cuanto los problemas empiecen a aparecer es el momento justo para buscar ayuda. No hay que dejar que la relación llegue a su punto máximo de deterioro; mientras se advierten los primeros conflictos es la mejor etapa, si se espera a que la relación esté muy deteriorada será difícil salvarla.

-¿De qué depende que funcione?

-Son varios los factores que inciden para que la terapia conyugal tenga resultados. Uno de ellos es la predisposición que la pareja muestre a lo largo del proceso. Ambos deben querer participar en ella, interesarse en su situación y sobre todo tener disponibilidad para dejarse guiar, permitirse el intentarlo y arriesgarse.

Puede depender también del trabajo del terapeuta. De cómo pueda motivar a los pacientes y su capacidad para infundir toda la confianza que se necesita para desmenuzar bien la problemática y llegar a su origen y soluciones.

Existen además algunas circunstancias externas y a veces ajenas que pueden llegar o no y que favorecen al proceso, como un viaje, un cambio de casa u otras. Sin duda, sólo con el hecho de qué la pareja esté asistiendo a la terapia, se asegura en un buen porcentaje buenos resultados.

-¿Por qué las parejas pueden recurrir a las terapias?

-Muchas veces mientras las personas están inmersas en una situación no son capaces de ver con claridad lo que ocurre. La idea de la terapia es que a través de una tercera persona se pueda ver lo que está pasando, se pueda escuchar mejor y palpar la realidad para aplacar los conflictos y llegar a cambios y decisiones.

Mas información en conyugalia@hotmail.com

sábado, 3 de noviembre de 2007

Conyugalia: Acerca de la comunicación (y de las discusiones) entre los cónyuges

Acerca de la comunicación (y de las discusiones) entre los cónyuges

por Tomás Melendo Granados en http://www.arbil.org/111cony.htm

Un conjunto de reflexiones para los esposos que tal vez les ayuden a mejorar sus relaciones mutuas, las girarán en torno a una cuestión clave para el despliegue de la vida del matrimonio: la comunicación.

1. ¿Conectados?

— Soledad y comunicación

Al parecer, se trata de un proverbio chino. Pero, a modo de simple «despertador», podría atribuirse a cualquier cultura y a cualquier época… y, hoy en particular, no necesariamente al varón, sino también a la mujer.

Un hombre dijo a su esposa: «Tengo muchas cosas que hacer; pero todo, todo, lo hago por ti». Con esta suerte de excusa, no hallaban tiempo para estar juntos ni charlar, y el día en que se encontraron de nuevo ya no supieron qué decirse.

Por desgracia, lo que recoge la anécdota de un modo un tanto simplón, no constituye una situación única o exclusiva en la vida del ser humano. Tras los años despreocupados de la niñez llega la adolescencia, y en ella se experimentan las primeras dificultades para comunicarse. Aflora una tendencia a cerrarse en sí mismo, nos tornamos susceptibles y celosos de la propia independencia e intimidad. Parece que el adolescente solo es capaz de abrirse a los demás dentro del grupo de amigos, pero también allí cada uno representa un simple papel: el de aquel personaje que piensa que le permitirá adquirir el prestigio y recibir la aceptación incondicional que tanto necesita.

— Una experiencia muy común

Y así tantas veces. La soledad es una experiencia que todos, quien más quien menos, hemos sufrido a lo largo de nuestra biografía. Y con la soledad llega la tristeza, a veces disfrazada con un barniz de seriedad. Marcel lo sostuvo con palabras rotundas: «sólo existe un sufrimiento: estar solo»; y lo confirmó tras muchos años de experiencia: «nada está perdido para un hombre que vive un gran amor o una verdadera amistad, pero todo está perdido para quien se encuentre solo».

Con mayor vivacidad, precisión y firmeza lo explica Javier Echevarría: «sólo el amor —no el deseo egoísta, sino el amor de benevolencia: el querer el bien para otro— arranca al hombre de la soledad. No basta la simple cercanía, ni la mera conversación rutinaria y superficial, ni la colaboración puramente técnica en proyectos o empresas comunes. El amor, en sus diversas formas —conyugal, paterno, materno, filial, fraterno, de amistad—, es requisito necesario para no sentirse solo».

Hasta tal punto se trata de algo universal que, con un lenguaje un tanto metafórico, pero certero, la Biblia narra cómo Adán, antes de la creación de Eva, experimentó con desasosiego esta soledad; «no encontró una ayuda adecuada», semejante a él. Por eso acogió a la mujer como un don incomparable y, descubriendo a alguien con quien poderse comunicar, exclamó con un sobresalto de alegría: «Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne». (Lo mismo podría haber sido a la inversa).

— No es cuestión de técnicas

Tal vez se comprenda entonces que la falta de comunicación no siempre representa un problema de desconocimiento de las técnicas pertinentes, como suele considerarse, sino que la mayoría de las veces deriva de la ausencia de un buen amor suficientemente maduro y desarrollado.

Por eso, en ocasiones, ante una situación familiar de aislamiento no basta con tomar nota del hecho y acudir a los prontuarios en busca de la «receta» presuntamente más adecuada. Mucho antes hay que plantear a fondo la pregunta: ¿por qué un marido y una mujer —el lector o la lectora y su cónyuge, si fuera el caso— han cerrado las vías de comunicación?

Y la respuesta, a menudo, frente a lo que se afirma casi por rutina, no irá en la línea de la incompatibilidad de temperamentos o de caracteres ni en la de las dificultades de expresión. Porque no es la palabra en sentido estricto, sino el amor, lo que establece la sintonía entre dos personas.

No hay que olvidar la estrechísima relación entre amor y éxtasis. El auténtico amor impulsa a salir de uno mismo, para asentar la propia morada en el corazón del ser querido: según San Agustín, «el alma se encuentra más en aquel a quien ama que en el cuerpo que anima».

Quien ama tiende a dar y a darse, se da de hecho, se «comunica» a la persona amada, entregándole —de todos los modos posibles— lo mejor de sí mismo: su propia persona. Y acoge libre y gozosamente cuanto le ofrenda aquel o aquella a quien quiere: también, en fin de cuentas, su persona.

Bajo este prisma, parece correcto resaltar como modelo de comunicación hondamente humana la que se establece entre una madre y el hijo que lleva en su seno. E incluso cabría hablar, con Carlos Llano, de una comunicación «que dista mucho de ser silenciosa: se constituye, al contrario, en una voz existencial magna y amplificada, aunque sea sin palabras, porque es —y las madres encinta lo saben bien— la donación de la vida».

— … aunque también de técnicas

Con todo, se dan circunstancias en que la raíz del malestar estriba justo en que marido y mujer no saben comunicarse. Se quieren, pero les resulta difícil hacer al cónyuge consciente de ello: no son capaces de dar a conocer su amor. Por motivos diversos, que sería largo exponer, les cuesta hablar: abrir la propia intimidad, hacer al otro partícipe de sus sentimientos, ilusiones, afanes, dudas, preocupaciones…

Aunque se aman, no gozan de la habilidad para alimentar su afecto mediante la palabra… y pueden llegar a dudar de ese cariño y sentir que su amor se enfría.

En tales circunstancias, las técnicas sirven no tanto para suplir el amor (que en este supuesto sí que existe), sino para descubrirlo, para conocerlo cabalmente, desnudarlo de falsas apariencias que lo ahogan, desgranarlo y re-crearlo en un nivel más alto: para hacer re-nacer un amor antes como en ascuas, de modo que despierte los afectos y reavive la pasión amortiguada.

Con palabras más sencillas: las técnicas que un libro, el ejemplo de un matrimonio amigo o el consejo que un experto nos aporten, no pueden suplir un amor que no existe, pero sí ayudar a reconocerlo y descubrirlo más allá de la aparente anemia de la que parecía aquejado. Por eso es conveniente —imprescindible— superar la presunta impotencia y pedir auxilio en momentos de dificultad.

En resumen, podría afirmarse que un matrimonio que ama y lo sabe no necesita técnica alguna, pues los procedimientos con que espontáneamente manifiesta su cariño la suplen con creces; mas a los cónyuges que en el fondo se quieren pero experimentan dificultades para expresar ese cariño, las técnicas de comunicación les ayudarán a amar bien —¡mejor!—, a descubrir o redescubrir un afecto que erróneamente creían desaparecido… y a incrementar ese cariño.

— Dificultad para comunicarse

Tras estas consideraciones, no es difícil comprender que la vivencia que debería presidir el trato de cualquier pareja es la de la comunicación franca y profunda con el propio cónyuge, como fuente de gozo, de paz y de superación de la soledad.

Por el contrario, uno de los fracasos más comunes de algunos matrimonios actuales estriba en que se transforman paradójicamente en sendero hacia la progresiva incomunicación: dos se casan, se aíslan de sus antiguos amigos y compañeros, se hacen voluntariamente estériles, se desentienden de sus mayores y se encierran en sí mismos… para acabar solos, ya sea juntos —«soledad de dos en compañía», llamó hace ya casi doscientos Kierkegaard a algunos matrimonios—, ya cada uno por su lado.

Pero aun prescindiendo de circunstancias tan extremas, no siempre resulta fácil comunicarse con una persona amargada, acaso por culpa nuestra. O por la suya. Tampoco es sencillo abrir el corazón cuando está uno deprimido, triste o cuando —por lo que ha sucedido en ocasiones anteriores, pongo por caso— tiene miedo de que le tomen el pelo si pide un poco de ternura en un momento en que la necesita.

Por varios motivos, pero sobre todo por orgullo —¡los tan tristes «derechos del yo»!, sobre los que más tarde volveré—, a veces evitamos aparecer ante los ojos de nuestro consorte como en verdad somos: no nos fiamos de su amor incondicionado. De esta suerte, uno y otro seguimos siempre siendo parcialmente desconocidos y extraños.

La situación, entonces, degenera, tornándose más y más penosa, por cuanto en el matrimonio —comunidad de vida y de amor— la comunicación personal entre los cónyuges resulta insustituible. La vida conyugal no puede reducirse al encuentro de dos cuerpos, y mucho menos al de dos sueldos, sin que se dé ya el de los corazones… manifestado también y enriquecido a través de la palabra hablada.

Como sostiene El matrimonio y la familia, «el diálogo —junto con el propio amor y la unión conyugal— constituye un medio excelente que tienen los esposos a su alcance para lograr hacer de sus dos vidas una sola; para conseguir una sintonía sin sombras ni secretos que les permita mirar juntos hacia el futuro sobre la base de un pasado y un presente compartidos; para hacer verdad el principio de autoridad conjunta respecto a los hijos y la familia. Cabe afirmar que sin diálogo no hay familia; que si no se “pierde el tiempo” en hablar, no se ganará lo que merece la pena: felicidad familiar, hecha de participación, ratos compartidos, comunicación permanente, encuentro de corazones».

— Algo más que charlar

En cualquier caso, y una vez asentada la necesidad del diálogo, resulta imprescindible volver a advertir que comunicarse es algo más que un simple conversar o platicar. Presenta, en cierto modo, un doble objetivo: la verdad —el conocimiento efectivo de la realidad tal como es— y el amor.

Comunicarse es, en primer término y por encima de todo, medio insustituible para alcanzar la verdad y resolver los problemas que pueda plantear la familia; y es también y simultáneamente un instrumento soberano para facilitar el amor, haciendo partícipe al cónyuge de los propios sentimientos, de las propias necesidades, alegrías, expectativas y esperanzas.

Consiste en «bajar la guardia» por completo y colocarse hondamente en contacto con el otro para dejarse conocer y conocerlo hasta el fondo; en trasvasar el contenido más íntimo y pleno de lo que nos constituye como persona a la persona, también vívida y sobreabundante y receptiva, del otro.

De ahí que se pueda incluso hablar mucho sin que exista real comunicación: no hay nada de verdadero interés en el mundo que nos rodea que reclame nuestra atención esforzada; ni nada serio, vital, dentro de uno, susceptible de ser ofrecido y acogido amorosamente por nuestro interlocutor.

Cabe charlar de deportes, de la moda, de dinero o de chismes de los vecinos sin comunicar lo que se vive por dentro (a veces, tristemente, porque esa interioridad, poco o nada cultivada, se asemeja bastante a un desierto despoblado y árido). Hay gente tan locuaz como celosa de la propia intimidad.

Por desgracia, vemos bastantes matrimonios en que la comunicación primero se da por supuesta y luego —en fin de cuentas, por miedo al rechazo: por no advertir que somos queridos incondicional y gratuitamente— se teme; se suprime el coloquio personal y se silencian o eluden los problemas. Los espacios vacíos los llena entonces la televisión, el periódico, Internet, un pasatiempo, el teléfono, etc. De una manera muy especial la profesión, incluida la de ama de casa, puede transformarse en un refugio para evitar el diálogo cara a cara.

— Una advertencia importante

Como se habrá podido observar, el concepto de comunicación que estoy esbozando resulta más amplio y rico de lo habitual en contextos similares.

Lo que con frecuencia se expone adolece de un doble defecto de perspectiva:

• Por un lado, de manera no del todo consciente, los pretendidos «expertos» se dejan arrastrar en exceso por el modelo de comunicación más normal en nuestra cultura: el de los mass media, en los que adquieren un papel privilegiado los factores técnicos y estructurales y la categoría de los signos.

Por el contrario, para que un matrimonio vaya adelante y se perfeccione, se requiere algo mucho más personal y cálido que la simple transmisión de informaciones. Es necesario, como antes apuntaba, un trasvase de lo más propio e íntimo que la persona posee; y esto tiene que ver más que con la capacidad de expresión oral, con la actitud recíproca de los esposos y, en definitiva, con la grandeza de su amor mutuo y de su entrega.

• En segundo término, no es infrecuente que, en las sesiones de orientación públicas o privadas, la falta de comunicación se convierta en una especie de talismán explicativo o, si se prefiere, de chivo expiatorio sobre el que se cargan prácticamente todos los problemas surgidos en la vida conyugal.

Y no es que se trate de algo irrelevante, ni mucho menos. Pero, por lo común, no representa la razón última de las disfunciones de un matrimonio: con bastante frecuencia se convierte en la pantalla que oculta otras causas más profundas y globales, que son a las que conviene intentar poner remedio… no solo mediante la invención y puesta en práctica de procedimientos técnicos, sino de ordinario modificando hondamente las disposiciones y la actitud personal de los cónyuges.

Dentro de los límites de este escrito, en las páginas que siguen atenderé a ambos tipos de factores: los que permiten una mejora inmediata de la comunicación y los que implican y facilitan una mudanza de fondo en la relación inter-personal de los cónyuges.

2. Reglas de comunicación

Volviendo a dejar claro que en definitiva no estamos solo ni principalmente ante un problema de técnicas, sino de amor y de mejora personal, intentaré, según he dicho, exponer algunas reglas sencillas para favorecer la comunicación entre los esposos:

— Escuchar

Saber escuchar es la primera y tal vez más difícil condición para que pueda establecerse el diálogo. Y viceversa: no existe persona más interesante y simpática que quien sabe escucharnos.

(Por eso he comentado alguna vez, en tono de broma pero con una intención muy seria, que lo realmente importante no es ser un buen conversador —un buen «charlatán»—, sino un magnífico «escuchatán»… y también un experto «provocador» de confidencias, mediante la apertura de la propia intimidad o a través de las preguntas adecuadas, que despierten y faciliten en nuestro interlocutor la necesidad que todos tenemos de abrir a un buen amigo nuestra alma).

Por otra parte, para comprender los sentimientos y puntos de vista de nuestro interlocutor es menester intentar ponerse en su lugar; y esto supone:

• en primer término, tener muy en cuenta su modo de ser y las peculiaridades más hondas que lo caracterizan, así como las circunstancias propias del momento que está viviendo; y

• además, olvidarse de uno mismo y atender a lo que en cada instante nos dice y siente quien nos habla, en lugar de andar buscando ya mientras lo hace qué le vamos a contestar.

Es preciso abandonar los propios pensamientos y ocupaciones, saber mirar abiertamente a los ojos de nuestro interlocutor, esperar a que exprese lo que necesita comunicarnos y ser pacientes, manteniendo mientras conversa la atención centrada en aquello que nos está diciendo. Solo así cabe apreciar quién es el otro y qué desea transmitirnos. De lo contrario, resulta muy sencillo filtrar sus palabras y entender lo que esperamos oír de él o lo que más se adecua a nuestro humor.

Por eso, no sabe escuchar :

• quien emite juicios de valor sobre lo que su interlocutor le está contando o discute acerca de ello;

• el que interrumpe la conversación o completa las frases del otro, dando por supuesto que ya conoce lo que le pasa y adelantándose a exponerlo;

• quien se distrae durante el diálogo, entreteniéndose u ocupándose en hacer otras cosas;

• el que se apresura a dar soluciones, en vez de aguardar, suponiendo razonablemente que el otro es capaz de hallarlas por sí mismo, tal vez auxiliado por nuestras preguntas.

— «Mirarse» mientras se habla

Como mera ejemplificación de lo que vengo apuntando, me gustaría poner de relieve que, en la comunicación auténticamente personal, la mirada franca y sincera representa una función de muchísima más categoría que la simple expresión oral.

Lo haré, por no alargarme y porque su planteamiento es en extremo penetrante y sagaz, siguiendo algunas indicaciones de Carlos Llano.

«Hemos dicho —nos explica— que las personas se relacionan de una manera íntima, ya que la intimidad es la característica propia de la persona […]. Esta intimidad aflora y hasta hace su eclosión en la familia, y lo hace de muchas maneras.

»Una de ellas, y quizá la principal y más expresiva, es la comunicación de la mirada. Mirarse a los ojos produce una estrecha relación de la que son incapaces las palabras. Los ojos dicen, expresan, reflejan, traslucen el interior de la persona de una manera más natural y directa que la palabra. Ésta puede quedar tácticamente modificada por la inteligencia misma de la que debería ser su expresión natural. La mirada no: el entendimiento y la voluntad no poseen respecto de la expresión visual el mismo dominio de que gozan sobre la palabra. En este sentido, podemos aun afirmar que la mirada traiciona lo que la palabra expresa.

»La tintura de hipocresía, la sensación de doblez que deja la persona de lentes oscuros permanentes, es prueba de lo que decimos: quien no quiere que veamos su mirada, algo esconde. Es prueba de lo mismo también el individuo que, durante su conversación con nosotros, no nos mira a los ojos, sino que desvía su mirada a objetos menos vivos que el rostro de su interlocutor.

»No estamos refiriéndonos a fenómenos psíquicos de alguna complejidad, sino a la relación vulgar entre personas vulgares como lo puede ser un trato de negociación mercantil. Nos sentimos inseguros de personas con las que no podemos comunicarnos con los ojos, que ocultan su mirada, que no miran de frente».

Y, abundando sobre el mismo tema, añade: resulta imposible «entrar en el fondo del alma cuando no podemos hacerlo mediante esas ventanas privilegiadas que son los ojos de nuestro interlocutor. Es verdad que a través de la pantalla televisiva podemos ver los ojos de quien nos habla. Podemos ver sus ojos, sí, pero no podemos ver sus ojos mirando a los nuestros, en donde se condensa la relación visual, y gracias a la que podemos entrar en los estratos más profundos del alma, porque en el mismo momento puede el otro —nuestro interlocutor— entrar a través de nuestros ojos en los estratos profundos de la nuestra».

Para concluir más tarde: «No es a los ojos a los que hay que atender: es a la mirada que los ojos del otro dirige a los míos. Hasta que esto no se dé […], no habrá aún verdadera comunicación. No hablamos de comunicación íntima, sentimental, personalizada. Hablamos de comunicación verdadera (porque la verdadera comunicación es íntima, sentimental, personalizada, aunque sea también abstracta, universal y objetiva)».

Resulta fácil advertir el cúmulo de sugerencias que transmiten estos párrafos, entresacados un tanto al azar entre otros de semejante calibre: por ejemplo, las fronteras insuperables que, hoy por hoy, presenta Internet para una auténtica comunicación personal… a pesar de los avances innegables que en esta misma dirección se están realizando. Pero las dimensiones de este escrito impide desarrollarlas como sería deseable.

— Repetir

Una buena manera de asegurarse de que uno ha comprendido las ideas expuestas por otro es la de repetirlas con las propias palabras o parafrasearlas, pidiéndole que nos confirme si hemos entendido bien.

Además, al obrar de este modo, le damos la prueba de que nos tomamos en serio lo que dice. Ignorar, aceptar con suficiencia o ridiculizar lo que se nos comenta, resulta siempre profundamente lesivo: hiere en lo más hondo del alma.

— Responder

Para que exista comunicación no basta con escuchar. Es preciso también expresar nuestro parecer sobre lo que nos dicen. En ocasiones, las menos, puede bastar un «sí… es cierto… sin duda… de acuerdo… tienes razón…», que asegura que el mensaje ha sido recibido, al tiempo que promete una contestación definitiva más tarde, cuando hayamos reflexionado a fondo sobre lo propuesto.

También cabría pensar que quien calla otorga, y responder con el silencio; pero es desaconsejable por resultar mucho más cálida y humana, y mucho más declarativa, la voz.

De ahí que, de ordinario, deba evitarse contestar con sonidos inarticulados: «hum», «pss»… Al contrario, a la manifestación de interioridad de nuestro cónyuge hemos de corresponder con un conjunto de expresiones articuladas —las propias y específicas del ser humano—, que satisfagan lo más ampliamente posible la cuestión que nos plantea.

— Adecuar el comportamiento a la palabra

El modo de actuar debe ser coherente con lo que manifiestes de viva voz.

Por ejemplo, cuando dices a tu mujer: «te escucho», debes también cerrar el periódico o apagar el televisor.

Y cuando ella sabe que no le va a dar tiempo a arreglarse lo mejor es que lo confiese cuanto antes y con toda sencillez; no basta con repetir durante veinte minutos: «¡ya estoy casi lista!».

— Valentía

En toda relación amorosa se pone en juego una delicada urdimbre de sentimientos. Estos dan belleza y esplendidez al nexo de amor, pero también lo tornan frágil y lo exponen a ciertas crisis.

A veces resulta costoso descubrir su origen. En tales casos, puede ayudarnos a suavizar eventuales tensiones o malentendidos un esfuerzo valiente para abrir nuestro corazón a la pareja, pedir que ponga el suyo al descubierto e intentar examinar juntos la avería.

Si esto no se hace, no es difícil que los dos se manifiesten el propio malestar bajo la forma de reprobaciones sordas o de alusiones o bromas o ironías, que irritan al cónyuge, sobre todo cuando se hace en presencia de otros.

Se originarán resentimientos, acritud y encerramiento en uno mismo. Después, cuando el peligro ya resulte evidente, tal vez uno dirá al otro que habría debido manifestarle lo que no iba bien. Y el otro se sentirá con derecho a responderle: «¡Tendrías que haberte dado cuenta!».

— Espíritu positivo

Si deseamos que nuestro cónyuge se corrija en algún detalle, es importante intentar hacerle las observaciones oportunas del modo más positivo posible, de forma que resulten más aceptables y no demasiado amargas.

Por ejemplo, en vez de espetar: «Eres un egoísta. No me harías un favor incluso aunque vieras que me estaba muriendo. Pero de tus cosas nunca te olvidas», podría decirse: «Tu descuido me ha causado pena. Estaba tan segura de ti. Para mí era tan importante…».

O en lugar de acusar: «Ayer me hablaste en un tono del todo improcedente», cabría insinuar: «Perdona, en la conversación de anoche perdí un poco los estribos, estaba nervioso y excitado… y conseguí sacarte también a ti de tus casillas».

— Búsqueda sincera de la verdad

Como anunciaba, en la medida en que verse sobre cuestiones más de fondo, y sobre todo cuando se trate de resolver posibles problemas, el esfuerzo de comunicación entre los cónyuges no debe tender solo a manifestar lo que uno y otro sienten y piensan, sino también —y más aún— a descubrir la verdad del asunto que llevan entre manos y juntos pretenden esclarecer.

El objetivo radical de la comunicación es el conocimiento de la verdad, único modo eficiente de conjurar al tiempo el peligro de sentirse solos.

No se trata, por tanto, principalmente, de exponer lo que creen ver los sujetos dentro de sí, sino sobre todo cuál es la realidad de las cosas, externas e internas.

Y así, por acudir a un ejemplo bastante común, no sería suficiente que los padres llegaran al acuerdo de permitir al chico o a la chica de 12-13 años salir habitualmente las noches de los fines de semana y volver a casa al amanecer; como tampoco sería fruto de auténtica comunicación en la verdad acordar sin motivo justificado no acoger a los hijos que Dios quiera enviar durante los primeros años de matrimonio (o más tarde, como es obvio).

En los dos supuestos, la común decisión y concierto de la pareja atenta contra la naturaleza de la familia y no puede producir auténticos frutos de paz y alegría y hacernos efectivamente salir de nuestro aislamiento. Constituyen tan solo apariencias de comunicación, puesto que no dan a conocer la realidad ni se adecuan a su deber-ser.

* * *

En cualquier caso, conviene insistir de nuevo en que los esfuerzos positivos por establecer una cada vez más rica comunicación entre los cónyuges y por adaptar el propio modo de ser a los deseos y necesidades de nuestra pareja resulta un elemento clave para convertir el matrimonio en lo que debe ser: una aventura apasionante.

No es cosa fácil.

Como recuerda Federico Suárez, «hacer que dos personas de distinto sexo (lo que implica distinta psicología, distinto modo de discurrir y de ver las cosas, distinta sensibilidad), gustos desemejantes, carácter diverso —y a veces, contrario—, en ocasiones diferentes creencias o convicciones, acaben acoplándose de tal modo que se complementen a la perfección, es una hazaña que requiere algo más que saber lo que tienen que hacer para tener hijos y una vaga intuición sobre el modo de educarlos, pues reclama cierta dosis (a veces gran dosis) de comprensión, de paciencia con los defectos del otro (todos tenemos defectos) o con su modo de ser, abnegación, espíritu de sacrificio, sentido de la proporción…».

3. Aprender a discutir

A pesar de la ayuda que pudieran prestar las mejores reglas, y a pesar sobre todo del cariño e ilusión crecientes que se pongan en evitarlos, es natural que en la vida de un matrimonio existan discusiones, momentos de tensión, diferencias de opiniones y de gustos.

La relación entre la pareja se refuerza y madura también de este modo, superando los conflictos y, sobre todo, aprendiendo a perdonar y a ser perdonado, que constituyen dos de las más sublimes, jugosas y gratificantes expresiones de amor.

Por lo demás, a pelearse se va uno entrenando un poco ya desde el noviazgo. No hay, pues, que asustarse demasiado ni intentar evitar a toda costa las discusiones, reprimiendo emociones y sentimientos.

En ocasiones es bueno desfogarse. Pero resulta imprescindible aprender a discutir.

— Diez consejos básicos

Doy por eso algún consejo deportivo al respecto o, si se prefiere, «El decálogo del buen discutidor»:

1) No eludas la discusión por encima de todo, ni la cortes saliendo ostentosamente de la escena, cuando temes estar equivocados.

Y si hubieras obrado de este modo, ten la honradez de volver, pasados los momentos de enfado, y replantear el asunto hasta alcanzar el acuerdo deseable.

2) Ten la disposición habitual de reconocer tus defectos y errores… y amar e incluso llegar a «sentir ternura» por los de tu cónyuge. Son signos de grandeza de ánimo.

3) Si adviertes que has dicho algo no objetivo o injusto, retíralo de inmediato lealmente, pidiendo perdón si es necesario (es decir: casi siempre).

4) Evita agresivas y descalificadoras ofensas personales y actitudes irónicas o despreciativas.

5) Presta atención para no proyectar inconscientemente en el otro la razón de tu malhumor.

Más vale «desaparecer de la escena» por algún tiempo que descargar sobre el cónyuge o sobre los hijos una tensión de la que ellos no tienen responsabilidad.

6) No levantes acta de las culpas de tu pareja ni te empeñes en seguir echándole en cara cosas ya pasadas: menos cuanto más graves o dolorosas hayan podido ser.

No devuelvas jamás a tu cónyuge al pasado: no tienes derecho (con el «sí» que le otorgaste en el matrimonio redimiste todos y cada uno de sus errores pretéritos).

Intenta vivir en el presente y mirar hacia adelante.

7) Esfuérzate por comprender, si es el caso, que la rabieta del otro está surgiendo de una momentánea necesidad de desahogo.

8 ) Permite al cónyuge llegar hasta el final en la exposición de su malestar, intentando por todos los medios comprender su punto de vista; a menudo le bastará esa posibilidad amable de desfogue para calmarse en un 50%.

9) Procura exponer tus razones de forma clara y breve, con la máxima calma posible y, si eres capaz, con un tanto de humor (que equivale a saberte reír de ti mismo, a no tomarte demasiado en serio), pero jamás con ironía.

10) Conseguid, como ya se ha sugerido, que incluso las discusiones más violentas acaben con un gesto de reconciliación; de esta suerte, hasta las propias disputas formarán parte del humus sobre el que crece el amor conyugal.

Tal como explica José Pedro Manglano, «todo lo que constituye la vida normal puede ser alimento bueno» para el amor. «Todo: lo positivo y lo negativo». El buen amor «se alimenta de palabras, de compras, de necesidades, de ver la tele, de ir al médico, de paseos… Del mismo modo que se alimenta de discusiones, de aburrimiento, de malentendidos, de fallos propios, de fallos del otro, de manías y de preferencias. Podríamos decir que el amor dispone de un aparato metabólico que es capaz de convertir en alimento incluso lo que de por sí es nocivo: la traición, el olvido, el desamor».

Por eso, más que el propósito de no pelearse jamás, conviene hacer el de recomponer la paz cada vez lo antes posible: nunca un matrimonio debería entregarse al sueño sin haber resuelto los posibles conflictos originados durante el día.

El amor conyugal no muere a causa de las trifulcas, sino que lo matamos por no saber ponerles remedio y sacar partido de ellas.

Si por desgracia alguno de vuestros hijos ha presenciado vuestra disputa —cosa que siempre se debería evitar—, es bueno que asista también a vuestra reconciliación.

— Y cuatro principios de fondo

Si a pesar de todo vuestro esfuerzo las cosas se pusieran mal, no olvidéis que quien responde al desprecio o al odio con el amor siempre vence. «Donde no hay amor —recordaba San Juan de la Cruz—, pon amor y encontrarás amor».

Debemos convencernos hondamente, sin temor a ser tachados de ingenuos o utópicos: el amor es el arma más poderosa, porque con ella participamos del más vigoroso poder de Dios.

De ahí que, tras haber rememorado esta idea fundamentalísima, tal vez convenga exponer otros cuatro principios básicos, de más calado que los anteriores, por cuanto expresan las disposiciones más hondas, y capaces por eso de dirigir y enderezar el cambio de opiniones entre los esposos y resolver las posibles dificultades. Podrían enunciarse así:

1) Estudiar los problemas más que discutir sobre ellos.

La actitud radical de los cónyuges mejora hondamente con ese cambio de enfoque aparentemente mínimo.

Discutir entraña casi siempre, de manera más o menos velada, un enfrentamiento entre los componentes del matrimonio, que de forma no del todo expresa se sienten acusados e incluso rechazados por el otro, y un semiconsciente afán de llevar razón.

El estudio objetivo de las cuestiones que no van en la familia —entre los cónyuges, en su relación con los hijos o en la de éstos entre sí—, más cuando se realiza como si se hablara de otras personas, elimina la carga de subjetividad y orgullo que tantas veces impide descubrir la auténtica realidad y la solución para el entuerto.

Recordaba un sacerdote santo de nuestros días que de la discusión no suele salir la luz, porque la apaga el apasionamiento.

2) Pedir sinceramente al otro que nos explique su pensamiento

También en este caso puede parecer una minucia, pero la manifestación del deseo sincero de entender los motivos radicales que llevan a nuestra pareja a opinar o a obrar de un determinado modo nos sitúa en condiciones óptimas para contrastar objetivamente sus pretensiones con las nuestras y provoca en el cónyuge la actitud de apertura que la discusión acalorada suele matar, por cuanto advierte en nosotros la disponibilidad para comprender de veras su punto de vista.

3) Cambiar uno mismo como invitación para que el otro modifique su conducta

Como expone Borghello, «el arte del diálogo se basa sobre un principio fundamental para la vida de los cónyuges: si quieres cambiar a tu cónyuge cambia tú primero en algo.

»Siempre existe algo en el tono de la voz, en el modo de recriminar, en el de presentar el problema, etc., en que yo puedo mejorar.

»Por lo normal basta que yo lo haga para que la otra persona cambie de inmediato.

»Si no sucediera así, después de algunos días de mudanza real por mi parte, es conveniente hablar: se reconocen los propios errores pasados, se hace notar que de un tiempo a esta parte ha habido una mejora y, a continuación, se pide al cónyuge una pequeña transformación [algo que realmente pueda llevar a cabo, no una transformación radical] que facilite el amarlo con sus defectos.

»Una vez hecho esto, si el otro está de acuerdo, lo más importante ya ha sido realizado.

»Sin duda, sería exagerado pretender que desde ese momento no caiga más en el defecto admitido; basta que luche. Lo importante, con el arte del diálogo, es que cada uno reconozca las propias deficiencias sin necesidad de encarnizarse en las de la pareja.

»Quien no haya jamás probado a modificar el propio modo de obrar para ayudar a los demás a hacerlo, basta que lo intente y advertirá de inmediato una mejoría perceptible»… y en ocasiones asombrosa.

4) De nuevo el olvido de sí y la amorosa aceptación del otro

A lo que todavía cabría quizás añadir un comentario.

Por más que la comunicación y el deseo de mejorar de ambos cónyuges gocen de una importancia notabilísima en el seno de la vida en común, más relevantes todavía son el cariño, la comprensión honda y esforzada, la aceptación radical del modo de ser de nuestra pareja… y la falta de apego a nuestro yo: si el verdadero amor culmina siempre en entrega, la mejor lucha para querer a fondo consiste en deshacer las amarras que nos ligan a nuestro propio ego, de modo que efectivamente éste se encuentre disponible para ofrecerlo —¡y para aceptar!— a la persona amada.

De ahí que, en caso de conflictos o de disparidad de opiniones, lo absolutamente imprescindible —antes y por encima de intentar modificarlas o suprimirlas— sea el esfuerzo por ponerse a uno mismo entre paréntesis, el afán por comprender y aceptar las diferencias esenciales que provocan la disensión y el empeño por aprender a vivir con ellas… sin por eso disminuir ni un ápice el amor, la honra y el respeto que nuestro esposo o nuestra esposa incondicionalmente merecen.

Si se obra de este modo, casi cabría asegurar que la relación entre los cónyuges está a salvo de deterioros significativos… o puede recomponerse si ya se ha venido un poco abajo

Tomás Melendo Granados